domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo II [Part IV]


Pero entonces me veo liberada del borracho. Es un momento confuso. Todo pasa muy rápido. En un segundo me tiene atrapada entre sus fuertes brazos, sometiéndome a la pasión, y al segundo siguiente lo veo salir despedido hacia atrás, caerse de espaldas al suelo y quedar medio inconsciente con el taburete donde estaba sentado instantes antes aterrizando brutalmente sobre su cuerpo.

Lo primero que pienso es que se trata de Joseph, que ha venido en un momento en el que estaba distraída lidiando con el rufián. Pero mi salvador no es el lacayo. Es un joven de cabellos rubios y ojos azules.

—¿Qué tal te sientes? —me pregunta con voz grave, manteniéndose en pie a mi lado, a cierta distancia. No se aproxima a mí para sostenerme por si el desafortunado acontecimiento ha supuesto una impresión demasiado fuerte para mi débil constitución. No me sostiene como si temiera que fuera a desmayarme, como sería lo habitual. No me considera forzosamente débil por ser mujer. Esa certeza me infunde ánimos.

—Estoy bien gracias a ti.

—No deberías aventurarte sola a este tipo de sitios si no sabes defenderte —me reprocha mirándome con fijeza.

Me encanta eso que ha dicho de “si no sabes defenderte”. Definitivamente, no ve una diferencia abismal entre hombres y mujeres. Ha quedado confirmado que no me considera naturalmente incapacitada para valerme por mí misma. Y eso lo convierte en la primera persona después de Helen a la que deseo conocer por voluntad propia. Nunca antes había sentido deseos de pasar más tiempo del obligado con ningún mortal. Nunca antes había deseado compartir parte de mí, aunque fuera mi tiempo en pleno silencio, con nadie. Es una sensación extraña, pero muy grata. Y cálida. Sobre todo cálida.

Mis reflexiones y mi agradable sorpresa con respecto a él deben reflejarse en mi expresión, ya que él me mira con una sombra de confusión en sus ojos, como si estuviese tratando de dilucidar mis pensamientos y estuviese obteniendo fracasos que intensificaran la intriga que le suscito. 

—Mi nombre es Shirley. —Acompaño mi presentación con una honesta sonrisa.

Él no responde enseguida. Sigue estudiándome en silencio unos segundos más hasta que por fin me da un nombre:

—Aedan.

El silencio vuelve a retumbar entre nosotros. Pero curiosamente no es incómodo. Me agrada Aedan.

—Tu cena —oigo decir a la posadera tras de mí, seguido de un golpe seco que presupongo que se trata del aterrizaje de mi comida sobre la barra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario