Pero entonces me veo liberada del borracho. Es un momento
confuso. Todo pasa muy rápido. En un segundo me tiene atrapada entre sus
fuertes brazos, sometiéndome a la pasión, y al segundo siguiente lo veo salir
despedido hacia atrás, caerse de espaldas al suelo y quedar medio inconsciente
con el taburete donde estaba sentado instantes antes aterrizando brutalmente
sobre su cuerpo.
Lo primero que pienso es que se trata de Joseph, que ha
venido en un momento en el que estaba distraída lidiando con el rufián. Pero mi
salvador no es el lacayo. Es un joven de cabellos rubios y ojos azules.
—¿Qué tal te sientes? —me pregunta con voz grave,
manteniéndose en pie a mi lado, a cierta distancia. No se aproxima a mí para
sostenerme por si el desafortunado acontecimiento ha supuesto una impresión
demasiado fuerte para mi débil constitución. No me sostiene como si temiera que
fuera a desmayarme, como sería lo habitual. No me considera forzosamente débil
por ser mujer. Esa certeza me infunde ánimos.
—Estoy bien gracias a ti.
—No deberías aventurarte sola a este tipo de sitios si no
sabes defenderte —me reprocha mirándome con fijeza.
Me encanta eso que ha dicho de “si no sabes defenderte”.
Definitivamente, no ve una diferencia abismal entre hombres y mujeres. Ha
quedado confirmado que no me considera naturalmente incapacitada para valerme
por mí misma. Y eso lo convierte en la primera persona después de Helen a la
que deseo conocer por voluntad propia. Nunca antes había sentido deseos de
pasar más tiempo del obligado con ningún mortal. Nunca antes había deseado
compartir parte de mí, aunque fuera mi tiempo en pleno silencio, con nadie. Es
una sensación extraña, pero muy grata. Y cálida. Sobre todo cálida.
Mis reflexiones y mi agradable sorpresa con respecto a él
deben reflejarse en mi expresión, ya que él me mira con una sombra de confusión
en sus ojos, como si estuviese tratando de dilucidar mis pensamientos y
estuviese obteniendo fracasos que intensificaran la intriga que le
suscito.
—Mi nombre es Shirley. —Acompaño mi presentación con una
honesta sonrisa.
Él no responde enseguida. Sigue estudiándome en silencio
unos segundos más hasta que por fin me da un nombre:
—Aedan.
El silencio vuelve a retumbar entre nosotros. Pero
curiosamente no es incómodo. Me agrada Aedan.
—Tu cena —oigo decir a la posadera tras de mí, seguido de
un golpe seco que presupongo que se trata del aterrizaje de mi comida sobre la
barra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario