miércoles, 1 de agosto de 2012

CAPÍTULO II [Part V]


Ya no me apetece retirarme y en cambio quiero saber un poco más acerca de Aedan. Pero no me veo obligada a hacer el ofrecimiento de acompañarme porque él toma la iniciativa. Coge mi plato de la encimera y dice con voz firme, en un tono que no admite réplica:

—Me quedaré contigo mientras cenas. Llamas demasiado la atención aquí como para aferrarse a la esperanza de que salgas indemne.

Yo le sigo hasta una mesa apostada en uno de los ángulos del piso, a salvo del alcance de la luz y por tanto a salvo de las miradas curiosas que nuestro protagonismo en el incidente nos ha acarreado. Pese a que he sido diana de múltiples pares de ojos casi no me he percatado de la atención que provocaba, ya que he estado concentrada en otras cuestiones, como en la presencia de Aedan, por ejemplo. Este lugar ya no me parece amenazador a su lado. Sé que es un joven fuerte que además ha decidido protegerme. No tengo nada que temer junto a él.

Nos sentamos a la mesa, y él coloca el plato de comida delante de mío. Yo tengo un hambre voraz, pero no me atrevo a comer a la velocidad que me exigen mis ansias. Me temo que he vivido demasiado tiempo subyugada por el decoro como para perder viejas costumbres. Así que trato de controlar el tiempo adecuado a emplear en masticar (con la boca cerrada, por supuesto) y en tragar y en pinchar en mi cubierto el trozo siguiente.

Aedan persiste en el silencio, frente a mí. Sus ojos no se despegan de mi rostro mientras yo como sin prisa. No me apetece agotar el tiempo que me garantiza su compañía. Me apetece conversar con él, y no porque el mutismo se me haga pesado. Me siento cómoda, pero también me gustaría ahondar en detalles de su existencia. Nunca he tenido este interés por alguien y no sé como exponer mi curiosidad. Este es un campo desconocido y mi poca práctica me impide moverme por él. No es mi fuerte interactuar con la gente. Nunca he tenido motivación alguna para esforzarme. Y ahora soy una auténtica inexperta. Sin embargo, a riego de resultar torpe, opto por la honestidad y por compartir lo que siento. La sinceridad es siempre una buena opción ¿verdad? Error. Es un pensamiento fuera de lugar en el mundo en el que vivo. Sin embargo no me siento en los márgenes de la sociedad a la que pertenezco. Allí, en esa posada, me siento lejos de mi mundo, como en otro planeta dentro de él. Y desde luego que Aedan no pertenece al mundo del que vengo. Con el no sirven los códigos que me han obligado a memorizar durante toda mi vida. La naturalidad y la sinceridad parecen fórmulas apropiadas para comunicarme con él.

—Tengo un buen presentimiento contigo —confieso después de limpiarme las comisuras de los labios con la servilleta. Lo miro directamente—. Para empezar, me siento cómoda en tu compañía. Y eso es toda una hazaña en mí.

Él me sostiene la mirada. Sus cejas se fruncen ligeramente, como si no hubiese esperado una declaración de esa índole. Aunque no sé si es la declaración en sí o el hecho de que provenga de alguien como yo.

Estudio sus ropas. Lleva una desgastada chaqueta de cuero rojizo, castigada por el uso asiduo y las inclemencias del tiempo. Ahora se ve empapada y por tanto su color deslucido está salpicado de manchones más oscuros allí donde le han besado las gotas de lluvia.  Debajo de la cazadora luce una fina camisa de algodón cuyo cuello lleva informalmente abierto, revelando una porción de su amplio pecho. Por la rendija de la prenda sobresalen rizos rubios que espolvorean su pecho como si se tratara de polvo dorado. Mis ojos ascienden por su ancho cuello hasta su rostro. Tiene la piel atezada, un claro revelador de que pasa muchas horas expuesto al sol y al aire libre. Seguramente por trabajo. Posee unas facciones demasiado severas y marcadas como para resultar hermoso, sin embargo tiene un magnetismo y atractivo más poderosos que la mera hermosura. Sus ojos son muy claros, azules como el cielo en verano. Despejados de amenazas de tormentas y lluvias. Puros, trasparentes. Y sin embargo, son los ojos más insondables que he mirado jamás. Su nariz es prominente y notoria, absolutamente varonil. No obstante toda esa rudeza se ve suavizada por sus labios; gruesos y perfilados, cargados de suave sensualidad. La consciencia de su encanto me trastorna unos instantes.

—¿No es ese un comentario demasiado exento de artificiosidad como para salir de una dama de su clase? —pregunta él con brusquedad—. O tal vez el truco esté en su engañosa sencillez —añade con un deje de mofa.

Su desconfianza me pilla desprevenida. Y también me duele. Me fastidia que englobe a todas las jóvenes de alta alcurnia en una misma definición de falsedad y motivos ocultos. Por otra parte, nuestra fama es legendaria. Y la mayoría de ellas no lucha por desprenderse de esas suposiciones. De hecho, en la mayoría de los casos no son prejuicios, sino realidad. Pero esos términos no me describen a mí. Y me duele.

—Tal vez no haya truco. Tal vez solo exista alimentado por tu desconfianza —respondo yo. Mis ojos se apartan de él y se concentran en preparar un próximo pedazo de cena.

Él sopesa mis palabras durante un rato. Pero no hace hincapié en sus acusaciones y pienso que, si no me ha dado un voto de confianza, al menos me ha otorgado el beneficio de la duda, cosa que siempre es preferible a ser condenada.

—¿Estás sola? —pregunta cambiando de tema.

—En realidad, no del todo. Estoy en compañía de Joseph, mi asistente en este viaje. Pero debe de estar ocupado en algunas tareas —aclaro—. Tal vez averiguando acerca de alguien que pueda guiarnos mañana por la mañana.

—¿A dónde os dirigís?

—A Thornrose.

Él medita mi respuesta unos momentos.

—Yo podría serviros.

Yo parpadeo, incrédula. No me imaginaba un ofrecimiento así por su parte. De alguna manera había asumido que su presencia allí era una coincidencia. Que era un viajero que estaba de paso. Que aquel momento era algo efímero sin precedentes ni consecuencias. Pero sin duda debe pasar mucho tiempo en esta villa para creerse capacitado para guiarme.

—¿Conoces el camino? —pregunto tontamente. Es una pregunta estratégica para sonsacar algo más. Pero, sorpresa. Me he topado con alguien aún más taciturno y huraño que yo.

—Los bosques son prácticamente mi hábitat natural —dice él con cierta ufanidad—. Dudo mucho que exista nadie que los conozca mejor que yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario