Ya no me apetece retirarme y en cambio quiero saber un
poco más acerca de Aedan. Pero no me veo obligada a hacer el ofrecimiento de
acompañarme porque él toma la iniciativa. Coge mi plato de la encimera y dice
con voz firme, en un tono que no admite réplica:
—Me quedaré contigo mientras cenas. Llamas demasiado la
atención aquí como para aferrarse a la esperanza de que salgas indemne.
Yo le sigo hasta una mesa apostada en uno de los ángulos
del piso, a salvo del alcance de la luz y por tanto a salvo de las miradas
curiosas que nuestro protagonismo en el incidente nos ha acarreado. Pese a que
he sido diana de múltiples pares de ojos casi no me he percatado de la atención
que provocaba, ya que he estado concentrada en otras cuestiones, como en la
presencia de Aedan, por ejemplo. Este lugar ya no me parece amenazador a su
lado. Sé que es un joven fuerte que además ha decidido protegerme. No tengo
nada que temer junto a él.
Nos sentamos a la mesa, y él coloca el plato de comida
delante de mío. Yo tengo un hambre voraz, pero no me atrevo a comer a la
velocidad que me exigen mis ansias. Me temo que he vivido demasiado tiempo
subyugada por el decoro como para perder viejas costumbres. Así que trato de
controlar el tiempo adecuado a emplear en masticar (con la boca cerrada, por
supuesto) y en tragar y en pinchar en mi cubierto el trozo siguiente.
Aedan persiste en el silencio, frente a mí. Sus ojos no
se despegan de mi rostro mientras yo como sin prisa. No me apetece agotar el
tiempo que me garantiza su compañía. Me apetece conversar con él, y no porque
el mutismo se me haga pesado. Me siento cómoda, pero también me gustaría
ahondar en detalles de su existencia. Nunca he tenido este interés por alguien
y no sé como exponer mi curiosidad. Este es un campo desconocido y mi poca
práctica me impide moverme por él. No es mi fuerte interactuar con la gente.
Nunca he tenido motivación alguna para esforzarme. Y ahora soy una auténtica
inexperta. Sin embargo, a riego de resultar torpe, opto por la honestidad y por
compartir lo que siento. La sinceridad es siempre una buena opción ¿verdad?
Error. Es un pensamiento fuera de lugar en el mundo en el que vivo. Sin embargo
no me siento en los márgenes de la sociedad a la que pertenezco. Allí, en esa
posada, me siento lejos de mi mundo, como en otro planeta dentro de él. Y desde
luego que Aedan no pertenece al mundo del que vengo. Con el no sirven los
códigos que me han obligado a memorizar durante toda mi vida. La naturalidad y la
sinceridad parecen fórmulas apropiadas para comunicarme con él.
—Tengo un buen presentimiento contigo —confieso después
de limpiarme las comisuras de los labios con la servilleta. Lo miro
directamente—. Para empezar, me siento cómoda en tu compañía. Y eso es toda una
hazaña en mí.
Él me sostiene la mirada. Sus cejas se fruncen
ligeramente, como si no hubiese esperado una declaración de esa índole. Aunque
no sé si es la declaración en sí o el hecho de que provenga de alguien como yo.
Estudio sus ropas. Lleva una desgastada chaqueta de cuero
rojizo, castigada por el uso asiduo y las inclemencias del tiempo. Ahora se ve
empapada y por tanto su color deslucido está salpicado de manchones más oscuros
allí donde le han besado las gotas de lluvia.
Debajo de la cazadora luce una fina camisa de algodón cuyo cuello lleva
informalmente abierto, revelando una porción de su amplio pecho. Por la rendija
de la prenda sobresalen rizos rubios que espolvorean su pecho como si se
tratara de polvo dorado. Mis ojos ascienden por su ancho cuello hasta su
rostro. Tiene la piel atezada, un claro revelador de que pasa muchas horas
expuesto al sol y al aire libre. Seguramente por trabajo. Posee unas facciones
demasiado severas y marcadas como para resultar hermoso, sin embargo tiene un
magnetismo y atractivo más poderosos que la mera hermosura. Sus ojos son muy
claros, azules como el cielo en verano. Despejados de amenazas de tormentas y
lluvias. Puros, trasparentes. Y sin embargo, son los ojos más insondables que
he mirado jamás. Su nariz es prominente y notoria, absolutamente varonil. No
obstante toda esa rudeza se ve suavizada por sus labios; gruesos y perfilados,
cargados de suave sensualidad. La consciencia de su encanto me trastorna unos
instantes.
—¿No es ese un comentario demasiado exento de
artificiosidad como para salir de una dama de su clase? —pregunta él con
brusquedad—. O tal vez el truco esté en su engañosa sencillez —añade con un
deje de mofa.
Su desconfianza me pilla desprevenida. Y también me
duele. Me fastidia que englobe a todas las jóvenes de alta alcurnia en una
misma definición de falsedad y motivos ocultos. Por otra parte, nuestra fama es
legendaria. Y la mayoría de ellas no lucha por desprenderse de esas
suposiciones. De hecho, en la mayoría de los casos no son prejuicios, sino
realidad. Pero esos términos no me describen a mí. Y me duele.
—Tal vez no haya truco. Tal vez solo exista alimentado
por tu desconfianza —respondo yo. Mis ojos se apartan de él y se concentran en
preparar un próximo pedazo de cena.
Él sopesa mis palabras durante un rato. Pero no hace
hincapié en sus acusaciones y pienso que, si no me ha dado un voto de
confianza, al menos me ha otorgado el beneficio de la duda, cosa que siempre es
preferible a ser condenada.
—¿Estás sola? —pregunta cambiando de tema.
—En realidad, no del todo. Estoy en compañía de Joseph,
mi asistente en este viaje. Pero debe de estar ocupado en algunas tareas
—aclaro—. Tal vez averiguando acerca de alguien que pueda guiarnos mañana por
la mañana.
—¿A dónde os dirigís?
—A Thornrose.
Él medita mi respuesta unos momentos.
—Yo podría serviros.
Yo parpadeo, incrédula. No me imaginaba un ofrecimiento
así por su parte. De alguna manera había asumido que su presencia allí era una
coincidencia. Que era un viajero que estaba de paso. Que aquel momento era algo
efímero sin precedentes ni consecuencias. Pero sin duda debe pasar mucho tiempo
en esta villa para creerse capacitado para guiarme.
—¿Conoces el camino? —pregunto tontamente. Es una
pregunta estratégica para sonsacar algo más. Pero, sorpresa. Me he topado con
alguien aún más taciturno y huraño que yo.
—Los bosques son prácticamente mi hábitat natural —dice
él con cierta ufanidad—. Dudo mucho que exista nadie que los conozca mejor que
yo.
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