Unos
insistentes golpes me sacan de mi profundo sopor. Finalmente Morfeo ha sido
benevolente y no ha sembrado pesadillas en mis sueños.
Me
incorporo confundida. Me he quedado dormida sobre el asiento del carruaje. El
vaiveneo ha cesado y todo está sumido en un absoluto silencio. Solo se escucha
el impacto de la lluvia sobre el techo y los nudillos de alguien aporreando la
portezuela.
Aún
empleo unos segundos en restregarme los ojos para restaurar mi visión de las
brumas del sueño. Después descorro la cortina color borgoña que pende sobre la
ventanilla de la puerta. Distingo a Joseph, el lacayo, aguardando mi atención
bajo un sobrio paraguas negro. Cuando ve que sus llamadas han dado resultado
abre cuidadosamente la portezuela para poder hablarme sin dejar que la tormenta
alcance el cálido interior.
—Miss
Nightsin —saluda con formalidad.
—¿Ya
hemos llegado, Joseph?
Él
niega con la cabeza.
—Nos
hemos visto obligados a detenernos —explica—. Estamos en el pueblo más
inmediato a Thornrose, pero me temo que el colegio se erige en un claro del
bosque y su frondosa vegetación no permite el paso de carruajes.
—Oh.
—Si
usted da su aprobación descansaremos esta noche en una posada y mañana temprano
buscaremos a alguien del pueblo que conozca los bosques y pueda servirnos de
guía.
Yo
asiento con la cabeza, conforme. Necesito reposar, aunque sea en el catre duro
e incómodo de una diminuta habitación de posada. Sigue siendo mejor alternativa
a someterme al bamboleo brusco del carruaje que me ha ocasionado más de una
contractura.
Salgo
del coche y llego hasta el alero que sobresale de la fachada principal, justo
encima de la puerta de entrada. Junto a mí camina el servicial Joseph, que me
resguarda bajo el paraguas durante el corto trayecto. Levanto los ojos y
distingo una placa de metal que se balancea violentamente agitando el nombre
escrito del lugar: “El nido del Águila”.
La
puerta de entrada da acceso a la taberna del establecimiento, la cual ocupa
todo el primer piso. Al fondo, a la izquierda, diviso las maltratadas y
escarpadas escaleras de peldaños carentes de tabicas que le dan un aire de
peligrosidad. Sin embargo la certeza de que conducen a las habitaciones me hace
desear subirlas de inmediato. Pero antes he de solicitar una llave y mis pies
se obligan a desviarse un poco, hacia la alargada barra existente junto a
ellas.
El
lugar está mal iluminado. La luz parece tener la única función de agravar las
copiosas sombras que plagan el local.
Para
llegar al mostrador tengo que caminar haciendo zigzags, esquivando las vastas
mesas de madera dispuestas sin orden. Mi cuerpo se tensa mientras me siento
objeto de una lluvia de miradas viniente de todas las direcciones. Es evidente
que no soy el prototipo estándar de visitante.
Pese
a que lo más inteligente es ignorar a mi alrededor, conseguir la llave y
retirarme a un completo aislamiento, mi curiosidad tiene demasiado dominio en
mí. No llevo ni dos segundos luchando contra ella cuando mis ojos se desvían
del frente y contemplo mi entorno.
De
mi escrutinio saco esta conclusión: hay dos tipos de gente allí. Por un lado
están los clásicos asiduos que asisten al lugar con el único propósito de despejarse
de la rutina bebiendo desmedidamente y jugando a perder dinero (o a ganarlo,
depende de la racha que llevaran). Y por otro lado están los hijos de las
sombras, aquellos que están de paso y no tienen el mínimo interés en sumergirse
en ninguna clase de ocio. Sin embargo, éstos tampoco son partidarios de la
soledad y optan por conservar su anonimato adoptando un rol antisocial pero sin
desconectar del mundo.
La
diferencia entre ambos grupos es evidente y manifiesta. Mientras los uno se
esfuerzan por hacer del silencio un mito, los otros hacen lo posible por pasar
desapercibidos abrazados al mismo.
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