domingo, 22 de julio de 2012

►CAPÍTULO II [Parte I]


Unos insistentes golpes me sacan de mi profundo sopor. Finalmente Morfeo ha sido benevolente y no ha sembrado pesadillas en mis sueños.

Me incorporo confundida. Me he quedado dormida sobre el asiento del carruaje. El vaiveneo ha cesado y todo está sumido en un absoluto silencio. Solo se escucha el impacto de la lluvia sobre el techo y los nudillos de alguien aporreando la portezuela.

Aún empleo unos segundos en restregarme los ojos para restaurar mi visión de las brumas del sueño. Después descorro la cortina color borgoña que pende sobre la ventanilla de la puerta. Distingo a Joseph, el lacayo, aguardando mi atención bajo un sobrio paraguas negro. Cuando ve que sus llamadas han dado resultado abre cuidadosamente la portezuela para poder hablarme sin dejar que la tormenta alcance el cálido interior.

—Miss Nightsin —saluda con formalidad.

—¿Ya hemos llegado, Joseph?

Él niega con la cabeza.

—Nos hemos visto obligados a detenernos —explica—. Estamos en el pueblo más inmediato a Thornrose, pero me temo que el colegio se erige en un claro del bosque y su frondosa vegetación no permite el paso de carruajes.

—Oh.

—Si usted da su aprobación descansaremos esta noche en una posada y mañana temprano buscaremos a alguien del pueblo que conozca los bosques y pueda servirnos de guía.  

Yo asiento con la cabeza, conforme. Necesito reposar, aunque sea en el catre duro e incómodo de una diminuta habitación de posada. Sigue siendo mejor alternativa a someterme al bamboleo brusco del carruaje que me ha ocasionado más de una contractura.

Salgo del coche y llego hasta el alero que sobresale de la fachada principal, justo encima de la puerta de entrada. Junto a mí camina el servicial Joseph, que me resguarda bajo el paraguas durante el corto trayecto. Levanto los ojos y distingo una placa de metal que se balancea violentamente agitando el nombre escrito del lugar: “El nido del Águila”.

La puerta de entrada da acceso a la taberna del establecimiento, la cual ocupa todo el primer piso. Al fondo, a la izquierda, diviso las maltratadas y escarpadas escaleras de peldaños carentes de tabicas que le dan un aire de peligrosidad. Sin embargo la certeza de que conducen a las habitaciones me hace desear subirlas de inmediato. Pero antes he de solicitar una llave y mis pies se obligan a desviarse un poco, hacia la alargada barra existente junto a ellas.

El lugar está mal iluminado. La luz parece tener la única función de agravar las copiosas sombras que plagan el local.

Para llegar al mostrador tengo que caminar haciendo zigzags, esquivando las vastas mesas de madera dispuestas sin orden. Mi cuerpo se tensa mientras me siento objeto de una lluvia de miradas viniente de todas las direcciones. Es evidente que no soy el prototipo estándar de visitante.


Pese a que lo más inteligente es ignorar a mi alrededor, conseguir la llave y retirarme a un completo aislamiento, mi curiosidad tiene demasiado dominio en mí. No llevo ni dos segundos luchando contra ella cuando mis ojos se desvían del frente y contemplo mi entorno.

De mi escrutinio saco esta conclusión: hay dos tipos de gente allí. Por un lado están los clásicos asiduos que asisten al lugar con el único propósito de despejarse de la rutina bebiendo desmedidamente y jugando a perder dinero (o a ganarlo, depende de la racha que llevaran). Y por otro lado están los hijos de las sombras, aquellos que están de paso y no tienen el mínimo interés en sumergirse en ninguna clase de ocio. Sin embargo, éstos tampoco son partidarios de la soledad y optan por conservar su anonimato adoptando un rol antisocial pero sin desconectar del mundo.

La diferencia entre ambos grupos es evidente y manifiesta. Mientras los uno se esfuerzan por hacer del silencio un mito, los otros hacen lo posible por pasar desapercibidos abrazados al mismo.

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