sábado, 28 de julio de 2012

►CAPÍTULO II [Parte III]


Espero junto al mostrador mientras la posadera me calienta la comida, mirando deseosamente las escaleras que prometen traerme algo de paz en mitad de ese barullo.

—¿La señorita es demasiado buena para mezclarse con la plebe? —pregunta una voz burlona y ebria a mis espaldas.

Sobresaltada, me doy la vuelta y me topo de frente con un borracho de mediana edad acodado en la barra con una cerveza semivacía delante.

No respondo y decido ignorarle con la esperanza de que no busque conversación conmigo. Desvío mis ojos hacia el recinto de trabajo donde el matrimonio de posaderos se desplaza de un lado a otro sin descanso. Trato de discernir con cierta impaciencia cómo va la elaboración de mi cena y cuánto queda para poder retirarme con ella. Pero entonces el borracho me apresa el antebrazo con su implacable garra. Parece como si tuviera el brazo rodeado por un grillete de acero.

Trato de ocultar el nerviosismo que empieza a embargarme y miro a mi alrededor en busca de Joseph. Pero éste debe estar aún supervisando el cuidado de los caballos en los establos y no está allí, conmigo. Mi desesperado escrutinio finaliza en el hombre que me tiene agarrada.

—¿También es demasiado buena para responder a un simple borracho? —pregunta con voz gangosa una vez que mis ojos lo detectan.

—Solamente estoy cansada —repongo con fingida tranquilidad—. ¿Puedes soltarme, por favor?

Pero el hombre continúa aferrándome.

—Nunca se está demasiado cansada como para no ser educada —protesta con socarronería. Se ríe de su propio ingenio y al hacerlo me descubre una hilera desigual de dientes amarillentos y putrefactos. Su aliento impregnado de alcohol me alcanza y me provoca nauseas.

—Suéltame —exijo, aunque no sueno tan firme y despreocupada como desearía.

Él continúa riéndose, festejando mi apuro e incomodidad.

Vuelvo a mirar a mi alrededor buscando a alguien a quien conmueva mi situación y esté dispuesto a defenderme. Pero la gran mayoría está sumergida en charlas altisonantes y carcajadas estruendosas. Y los únicos capacitados para apreciar mi difícil tesitura están demasiado arraigados a la práctica de no exponerse a la atención pública como para reaccionar.

No hay nadie dispuesto a ayudarme. Nadie.

—No voy a soltarte todavía —continúa diciendo el villano, reclamando nuevamente mi atención—. Voy a enseñarte modales. Para empezar, vas a enmendar tus faltas y a recompensarme tu grosería con un beso, preciosa —proclama riendo con entusiasmo.

Mi alarma se dispara, pero nada puedo hacer para obedecer a ella y alejarme. Estoy atrapada. El brazo que me sostiene tira de mí para acercarme más a él, hasta que quedo pegada completamente a su cuerpo. Aunque alcoholizado y torpe sigue teniendo más fuerza que yo y mis intentos por zafarme son infructuosos. Sus ropas raídas desprenden un olor a sudor añejo que me marea y me repugna. Sus labios húmedos buscan los míos, pero yo ladeo la cabeza a tiempo y su apasionado beso termina por impactar en mi mandíbula. Me siento impotente y humillada, y las lágrimas se agrupan en mis ojos. Miro desesperadamente hacia la puerta principal, sintiendo la lengua de mi captor recorriéndome la mejilla. Rezo con desespero porque aparezca Joseph.

No hay comentarios:

Publicar un comentario