Espero
junto al mostrador mientras la posadera me calienta la comida, mirando
deseosamente las escaleras que prometen traerme algo de paz en mitad de ese
barullo.
—¿La
señorita es demasiado buena para mezclarse con la plebe? —pregunta una voz
burlona y ebria a mis espaldas.
Sobresaltada,
me doy la vuelta y me topo de frente con un borracho de mediana edad acodado en
la barra con una cerveza semivacía delante.
No
respondo y decido ignorarle con la esperanza de que no busque conversación
conmigo. Desvío mis ojos hacia el recinto de trabajo donde el matrimonio de
posaderos se desplaza de un lado a otro sin descanso. Trato de discernir con
cierta impaciencia cómo va la elaboración de mi cena y cuánto queda para poder
retirarme con ella. Pero entonces el borracho me apresa el antebrazo con su
implacable garra. Parece como si tuviera el brazo rodeado por un grillete de
acero.
Trato
de ocultar el nerviosismo que empieza a embargarme y miro a mi alrededor en
busca de Joseph. Pero éste debe estar aún supervisando el cuidado de los
caballos en los establos y no está allí, conmigo. Mi desesperado escrutinio
finaliza en el hombre que me tiene agarrada.
—¿También
es demasiado buena para responder a un simple borracho? —pregunta con voz
gangosa una vez que mis ojos lo detectan.
—Solamente
estoy cansada —repongo con fingida tranquilidad—. ¿Puedes soltarme, por favor?
Pero
el hombre continúa aferrándome.
—Nunca
se está demasiado cansada como para no ser educada —protesta con socarronería.
Se ríe de su propio ingenio y al hacerlo me descubre una hilera desigual de
dientes amarillentos y putrefactos. Su aliento impregnado de alcohol me alcanza
y me provoca nauseas.
—Suéltame
—exijo, aunque no sueno tan firme y despreocupada como desearía.
Él
continúa riéndose, festejando mi apuro e incomodidad.
Vuelvo
a mirar a mi alrededor buscando a alguien a quien conmueva mi situación y esté
dispuesto a defenderme. Pero la gran mayoría está sumergida en charlas
altisonantes y carcajadas estruendosas. Y los únicos capacitados para apreciar
mi difícil tesitura están demasiado arraigados a la práctica de no exponerse a
la atención pública como para reaccionar.
No
hay nadie dispuesto a ayudarme. Nadie.
—No
voy a soltarte todavía —continúa diciendo el villano, reclamando nuevamente mi
atención—. Voy a enseñarte modales. Para empezar, vas a enmendar tus faltas y a
recompensarme tu grosería con un beso, preciosa —proclama riendo con entusiasmo.
Mi
alarma se dispara, pero nada puedo hacer para obedecer a ella y alejarme. Estoy
atrapada. El brazo que me sostiene tira de mí para acercarme más a él, hasta
que quedo pegada completamente a su cuerpo. Aunque alcoholizado y torpe sigue
teniendo más fuerza que yo y mis intentos por zafarme son infructuosos. Sus
ropas raídas desprenden un olor a sudor añejo que me marea y me repugna. Sus
labios húmedos buscan los míos, pero yo ladeo la cabeza a tiempo y su
apasionado beso termina por impactar en mi mandíbula. Me siento impotente y
humillada, y las lágrimas se agrupan en mis ojos. Miro desesperadamente hacia
la puerta principal, sintiendo la lengua de mi captor recorriéndome la mejilla.
Rezo con desespero porque aparezca Joseph.
No hay comentarios:
Publicar un comentario