—Me
siento atrapada —murmuro sentada en el borde de mi cama. Ahora mismo odio estar
en mi cuarto. Todos los objetos inanimados parecen susurrarme palabras de
despedida. Veo evidencias de mi marcha en todos los rincones; en el armario
ahora medio vacío, en el secret desprovisto de mis horquillas, mi cepillo y
demás adornos capilares, en mi cama pulcramente hecha, como si se hubiera
vestido sus mejores galas para decirme adiós y me fuera a esperar embutida en
esa misma elegancia hasta que volviera a reclamar su comodidad tres meses más
tarde. Lo veo en las bujías apagadas, como si el sol mortecino de la tarde
fuera luz suficiente para alumbrar el poco tiempo que me queda en esa casa. Lo
veo en el rostro de Helen, que da muestras palpables de estar digiriendo la
terrible y absoluta soledad a la que va a enfrentarse cuando yo me vaya—. No
quiero irme.
—Detesto
la idea de tu marcha —confiesa ella, sentada junto a mí con las manos puestas
sobre las rodillas y la cabeza gacha—. Y más cuando se trata de un lugar como
Thornrose.
—Da
igual cómo se llame. Cualquier colegio de señoritas es como hospedarse en el
Infierno —replicó desanimada. Clavo mis ojos en ella, que sigue cabizbaja con
sus cabellos cobrizos corriendo una espesa cortina sobre su hermoso rostro.
—Pero
tengo un mal presentimiento con ese lugar —confiesa en voz queda.
Levanto
una mano y dejo que mis dedos abran caminos a través de sus cabellos de fuego.
Ella no responde al contacto, y angustiada, dejo de juguetear con su melena y
retiro gran parte de los mechones que le caen desde la frente, sujetándolos
detrás de su oreja.
—Me
apena dejar mi casa, pero mi verdadero pesar consiste en la certeza de alejarme
de ti —murmuró con la pena manipulando mi entonación—. Sin embargo no creas que
te abandonaré en la incertidumbre y el aburrimiento. —Aquello consigue atraer
su atención y enseguida levanta su rostro para mirarme con los ojos cristalinos
de tristeza—. Prometo escribirte todas las semanas. ¡Y que el diablo me lleve
si me olvido un solo día de ti!
—¿Y
cómo me las harás llegar? No puedes incluirlas con las de tu familia, ya lo sabes.
Sería igual que clamar por que te pusieran una camisa de fuerza.
Sonrió
muy levemente.
—Un
lema que tengo es que no hay nada imposible de conseguir cuando se cuenta con
el apoyo de una voluntad fuerte o un deseo verdadero. Y en lo referente a ti
puedo presumir de poseer ambas condiciones. Más no creas que confiaré un asunto
tan importante al azar. Ya tengo algo pensado para hacerte llegar noticias
sobre mí —explico con renovada emoción. La excitación que ella siente ante mi
propuesta es evidente en sus ojos y en la brillante luz que alumbra su rostro—.
La noche del sexto día de todos los meses te enviaré mi carta. Encontraré a
alguien a quien pagar el esfuerzo de venir hasta aquí en secreto a traértela.
Le daré severas instrucciones de que debe trepar sigilosamente por el árbol que
crece bajo la ventana de mi habitación y después habrá de depositar el sobre
bajo la maceta rebosante de siemprevivas.
De ese modo, la mañana del séptimo día podrás entretenerte con mis
relatos y mi cariño escrito hacia ti.
La
sonrisa que me dedica apacigua mi agitada alma. Su ánimo sigue estando a la
sombra del dolor, pero está mucho más contenta que segundos antes. No es mucho
a lo que podemos aspirar con mi obligada clausura en ese colegio, pero desde
luego que esa cárcel no conseguirá matar el contacto entre nosotras. Nos
queremos demasiado como para permitir que una intromisión externa acabe tan
fácilmente con el alcance de nuestro afecto.
Nos
fundimos en un fuerte abrazo. Como siempre, disfruto de sus delgados dedos
rodeándome el torso y de la suavidad de su cabello friccionando mi lozana
mejilla. Con gran goce respiro hondo, tratando de retener en mis pulmones parte
de su aroma primaveral. Helen huele como a flores recién brotadas bajo el sol
estival. Huele a paz, a armonía, a belleza de espíritu.
Permanecemos
mucho tiempo en silencio, unidas la una a la otra como dos eslabones que
formaran una perfecta cadena difícil de desencajar.
Sin
embargo pronto algo nos obliga a romper el lazo que formábamos juntas. Helen me
lanza una mirada cargada de pena contradicha por una sonrisa que se esfuerza
por ser animosa. Y desaparece.
De
alguna manera sé que esa ha sido la última vez que la vea antes de que pase
largo tiempo.
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