jueves, 12 de julio de 2012

►CAPÍTULO I [Parte III]


—Me siento atrapada —murmuro sentada en el borde de mi cama. Ahora mismo odio estar en mi cuarto. Todos los objetos inanimados parecen susurrarme palabras de despedida. Veo evidencias de mi marcha en todos los rincones; en el armario ahora medio vacío, en el secret desprovisto de mis horquillas, mi cepillo y demás adornos capilares, en mi cama pulcramente hecha, como si se hubiera vestido sus mejores galas para decirme adiós y me fuera a esperar embutida en esa misma elegancia hasta que volviera a reclamar su comodidad tres meses más tarde. Lo veo en las bujías apagadas, como si el sol mortecino de la tarde fuera luz suficiente para alumbrar el poco tiempo que me queda en esa casa. Lo veo en el rostro de Helen, que da muestras palpables de estar digiriendo la terrible y absoluta soledad a la que va a enfrentarse cuando yo me vaya—. No quiero irme.

—Detesto la idea de tu marcha —confiesa ella, sentada junto a mí con las manos puestas sobre las rodillas y la cabeza gacha—. Y más cuando se trata de un lugar como Thornrose.

—Da igual cómo se llame. Cualquier colegio de señoritas es como hospedarse en el Infierno —replicó desanimada. Clavo mis ojos en ella, que sigue cabizbaja con sus cabellos cobrizos corriendo una espesa cortina sobre su hermoso rostro.

—Pero tengo un mal presentimiento con ese lugar —confiesa en voz queda.

Levanto una mano y dejo que mis dedos abran caminos a través de sus cabellos de fuego. Ella no responde al contacto, y angustiada, dejo de juguetear con su melena y retiro gran parte de los mechones que le caen desde la frente, sujetándolos detrás de su oreja.

—Me apena dejar mi casa, pero mi verdadero pesar consiste en la certeza de alejarme de ti —murmuró con la pena manipulando mi entonación—. Sin embargo no creas que te abandonaré en la incertidumbre y el aburrimiento. —Aquello consigue atraer su atención y enseguida levanta su rostro para mirarme con los ojos cristalinos de tristeza—. Prometo escribirte todas las semanas. ¡Y que el diablo me lleve si me olvido un solo día de ti!

—¿Y cómo me las harás llegar? No puedes incluirlas con las de tu familia, ya lo sabes. Sería igual que clamar por que te pusieran una camisa de fuerza.

Sonrió muy levemente.

—Un lema que tengo es que no hay nada imposible de conseguir cuando se cuenta con el apoyo de una voluntad fuerte o un deseo verdadero. Y en lo referente a ti puedo presumir de poseer ambas condiciones. Más no creas que confiaré un asunto tan importante al azar. Ya tengo algo pensado para hacerte llegar noticias sobre mí —explico con renovada emoción. La excitación que ella siente ante mi propuesta es evidente en sus ojos y en la brillante luz que alumbra su rostro—. La noche del sexto día de todos los meses te enviaré mi carta. Encontraré a alguien a quien pagar el esfuerzo de venir hasta aquí en secreto a traértela. Le daré severas instrucciones de que debe trepar sigilosamente por el árbol que crece bajo la ventana de mi habitación y después habrá de depositar el sobre bajo la maceta rebosante de siemprevivas.  De ese modo, la mañana del séptimo día podrás entretenerte con mis relatos y mi cariño escrito hacia ti.

La sonrisa que me dedica apacigua mi agitada alma. Su ánimo sigue estando a la sombra del dolor, pero está mucho más contenta que segundos antes. No es mucho a lo que podemos aspirar con mi obligada clausura en ese colegio, pero desde luego que esa cárcel no conseguirá matar el contacto entre nosotras. Nos queremos demasiado como para permitir que una intromisión externa acabe tan fácilmente con el alcance de nuestro afecto. 

Nos fundimos en un fuerte abrazo. Como siempre, disfruto de sus delgados dedos rodeándome el torso y de la suavidad de su cabello friccionando mi lozana mejilla. Con gran goce respiro hondo, tratando de retener en mis pulmones parte de su aroma primaveral. Helen huele como a flores recién brotadas bajo el sol estival. Huele a paz, a armonía, a belleza de espíritu.

Permanecemos mucho tiempo en silencio, unidas la una a la otra como dos eslabones que formaran una perfecta cadena difícil de desencajar.

Sin embargo pronto algo nos obliga a romper el lazo que formábamos juntas. Helen me lanza una mirada cargada de pena contradicha por una sonrisa que se esfuerza por ser animosa. Y desaparece.

De alguna manera sé que esa ha sido la última vez que la vea antes de que pase largo tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario