El
otoño entra fuerte en escena, acompañado de un viento tan violento que me
compadezco de la lucha que supone para los árboles seguir aferrándose a la
tierra. Sus hojas no son tan fuertes; ya se han rendido y se entregan a un
romance con la ráfaga, ostentando sus voluptuosos vestidos pardos, rojos,
naranjas y amarillos. El cielo orquesta sus nupcias arrojando copiosas flechas
de lluvia y adornando su gran extensión, hoy grisácea, de turbulentas nubes
melancólicas. Las asistentes celestes parecen estar preñadas de tristeza y confirman
su estado cuando la lluvia arrecia hasta emborronar el paisaje y sumirlo en una
niebla impenetrable que sume a los amantes en una consistente intimidad.
—La
gente acostumbra a traducir en desgracia el hecho de que el día luzca así, pero
yo en cambio lo encuentro hermoso —comento en voz alta, con mis ojos
esforzándose por seguirle la pista a la trayectoria del viento a través de la
espesa neblina—. Será que no me atraen en absoluto los acontecimientos banales
que representan un día soleado.
Helen
se aproxima a mí y se posiciona a mi lado, entregándose a la misma tarea que yo
mirando a través del acristalado ventanal.
—Créeme
cuando te aseguro que hay cosas peores que enfrentarse a un paseo matinal bajo
un sol abrasador con capas y capas de trajes que pesan como cortinas, más
adornada que una tarta nupcial y en compañía de cacatúas hipócritas al acecho
de desgracias ajenas que criticar—responde Helen.
Yo
no puedo reprimir el acceso de humor que me sobreviene. La risa, algo demasiado
inusual en mí a falta de motivos, burbujea en mi garganta, y como siempre
sucede, me siento extraña al experimentarla y oírla.
—No
puede existir cosa peor; es sin duda alguna la definición del Infierno —la
contrario de buen humor—. A no ser, claro, que exista un lugar superior en
horror al Infierno; en cuyo caso queda bacante el Infierno para asociarle
cualquier otra condición desafortunada que desees.
Helen
responde con una débil media sonrisa a mi comentario. Tengo la sensación, que
creo poder catalogar de acertada, de que tiene en mente escenas desagradables
que contribuirían a argumentar la certeza de que mi mundo no era el más
terrible al que aspirar. Sin embargo bien sé que nunca voy a saberlo.
Desconozco
todo lo referente a la vida de Helen, y hace ya tiempo que sé que ella no será
jamás fuente informativa de ello. Es muy celosa con su pasado y jamás cuenta nada
de él. Como mucho menciona detalles inconexos que imposibilitan una conjetura
que de algo de luz sobre su historia. Ella es así: enigmática y silenciosa. La
personificación de la paz. Sin embargo, el dolor que constantemente ensombrece
su frente y brilla en sus ojos me advierten de que la serenidad es una fachada
que oculta oscuros tormentos que la fustigan.
Se
me parte el corazón cada vez que la adivino con la mente tan lejos que me es
imposible conectar con ella. Se me resquebraja el alma al tener el pleno conocimiento
de que no puedo ayudarla a menos que ella me deje, y de que esto último está
muy lejos de suceder.
Ella
hace que me sienta impotente, inútil. Una mala amiga.
Mientras
que ella es testigo de todas mis peripecias y mis desilusiones, y me sirve de
pilar para evitar que deje que el suelo me engulla y no me permita volver a
levantarme, yo no puedo hacer nada para disipar sus demonios. Nada.
Nada
salvo quererla y pedir al Cielo porque la asista por mí.
—¡Shirley!
Mi
madre.
Helen
me dedica una sonrisa de ánimo y atraviesa la pared más cercana, despareciendo
de mi lado. En efecto, Helen es un fantasma, y es mi única y mejor amiga. No se
va porque tema que mi madre -cuyos tacones oigo cada vez más próximos a mi
dormitorio- vaya a reparar en ella. Soy la única que ha heredado la capacidad
que tenía mi abuela de ver fantasmas. Y siempre ha sido un secreto entre
nosotras.
Jamás
se me ha ocurrido desvelar esta habilidad. No confío en la reacción de mi
familia. Son tiempos crueles, y no puede confiarse en que el recinto de la
familia esté exento de esa vileza que caracteriza a esta sociedad. No pienso
poner en juego la poca libertad de la que dispongo solamente por confiar en mi
familia. Me arriesgo a que me conviertan en noticia en todo el país, me sometan
a brutales prácticas exorcistas y en su defecto me encierren para siempre en
una minúscula habitación alejada del aire puro y las posibilidades de
felicidad. Un precio demasiado alto.
Como
iba diciendo, la razón de que Helen se vaya es para ayudarme a parecer normal.
Por mucho empeño que yo ponga en ignorar su presencia delante de mi madre,
siempre soy consciente de su compañía y bien podría mostrar una actitud
demasiado extraña, por ejemplo mirando repetidas veces al rincón donde
aguardara Helen a que saliera mi madre. Es demasiado remoto y hasta paranoico,
pero no quiero correr riesgos.
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