Por
fin mi madre se materializa en el cuarto, abriendo la puerta indiscretamente
sin molestarse en llamar. Como hace siempre.
—¿Cómo
van tus maletas? ¿Ya has empacado todo lo imprescindible?
Como
cada vez que la tengo a poca distancia de mí, examino su rostro buscando las
evidencias físicas que me declaran hija suya. Pero como siempre, no encuentro
otra cosa que distintivos entre las dos.
Examino
su cabello rubio, tan idéntico al de mi hermana pequeña y tan contario a mi
melena negra, recogido en estos momentos en un formal moño en la nuca. Sus ojos
son castaños, mientras que los míos son claros. Solo compartimos la piel
extremadamente pálida y la altura media que caracteriza a las mujeres de la
familia Nightsin.
Según
me ha dicho mi familia, yo soy el vivo retrato de mi abuela cuando era joven;
cosa que me complace mucho, porque se decía que la belleza de ella era
enigmática e inigualable.
—Lo
único imprescindible que poseo es la compañía de mi familia —replico con
acritud, con la esperanza de originarle remordimientos por el destino que me ha
obligado a tomar.
Si
no remordimientos, mis palabras le provocan incomodidad, la cual enseguida
intenta ocultar bajo una máscara impasible; pero yo ya lo he visto. Tal vez con
un poco de chantaje emocional consiga disipar las absurdas ideas que le rondan
entorno a mi formación como mujer.
—No
es una separación definitiva —se defiende ella, mientras sus ojos castaños
evalúan las cajas en las que he estado apilando con poco entusiasmo la mitad de
mis vestidos. Evita mirarme a los ojos—. Volverás a casa durante las festividades
importantes. La próxima es la Navidad, por lo que no estarás más de tres meses
en la escuela sin vernos. Y siempre podemos ir a visitarte si así lo deseas.
Observo
a mi madre mientras examina los trajes y da su aprobación asintiendo levemente
con la cabeza según los desdobla uno por uno para volver a introducirlos
nuevamente y con cuidado.
Cojo
aire muy hondamente. Estoy a punto de decir algo de lo que bien podría
arrepentirme luego.
—No
consentiré en que me visitéis si no me dejas decidir mi futuro. No quiero ir a
Thornrose.
Mi
madre olvida los vestidos por un momento y su mirada enojada se posa sobre mí.
El disgusto es evidente en las arrugas que surcan su frente y en el rictus
rígido que forman sus labios.
—No
es asunto de si quieres o no ir. El caso es que lo necesitas. —Alza la voz,
evidenciando la furia que la corroe—. El buen Señor sabe que me he esforzado en
hacer de ti una jovencita de bien: educada, sociable y mansa. Sin embargo el
adversario de Dios debió plantar alguna semilla maligna en mi vientre cuando tú
permanecías en él, a la espera de nacer y provocarme todas las jaquecas que te
fueran posibles. —Su tono de voz ha aparcado el enojo y ha adoptado un aire
dramático, lamentándose de sí misma mientras se lleva desolada las manos a la cabeza—.
Eres todo lo que me propuse que no fueras: contestataria, independiente y
antipática. ¿Cómo voy a lograr cumplir mi cometido de madre y destinarte a un
matrimonio ventajoso? ¿Qué respetable caballero querría una mujer como tú de
esposa? Es probable que seas una causa perdida y que ya no haya manera de
corregir esas inclinaciones naturales tan inadecuadas para tus aspiraciones
sociales; sin embargo, no pierdo la esperanza de que aprendas a aparentar ser
la más deseable de las señoritas. Pero a mí no me queda ya paciencia, y la
esperanza parece un sueño demasiado optimista. Necesito ayuda contigo. Y he
optado por confiar en el buen prestigio y los excelentes resultados de los que
goza el colegio Thornrose —confiesa mirándome con las lágrimas agolpándose en
sus ojos. Parece suplicarme—. Hija mía, no es capricho mío si te envió a ese
lugar. Dios sabe, y espero que después de estas explicaciones tú también lo
comprendas al fin, que esta decisión tiene como único propósito beneficiarte a
ti y ampliar tus posibilidades de futuro. ¿No estás de acuerdo, querida hija,
en qué Thornrose puede obrar en ti una milagrosa influencia que derrote al fin tu
obstinación a no encajar en el perfil de dama de esta sociedad?
Trago
saliva con fuerza. La humedad que lucen los ojos de mi madre ha contagiado a
mis propios órganos. Siento el llanto ansioso por abrirse paso desde las
entrañas donde lo he enterrado; abrirse paso y estremecerme el pecho y mojar
mis mejillas. Es inefable la decepción que siento en estos momentos hacia mi
madre. Si alguna vez me ha entrado la duda de sí hacía bien en guardarme de
contarle nada importante acerca de mí, hoy confirmo que he hecho lo correcto.
Mi madre es esclava de las apariencias, de esta asquerosa sociedad que trata a
las mujeres de bonitos e inútiles floreros. Y yo represento su fracaso como
aspirante a buena madre sujeta al esnobismo. Yo soy su mayor error; aquel que
le impide ser una perfecta mujer de una perfecta sociedad. Yo soy el borrón
negro que amenaza con salpicar a toda la familia. Y ellos me ven como una masa
sin emociones a la que hay que amoldar a su gusto antes de que me vuelva
demasiado dura y les sea imposible modificarme. Pero ya he empezado a ser
invariable, y con esta charla que me ha expuesto mi madre acaban de despertar
el fuego que necesitaba para consolidarme en la forma que yo misma he escogido
para mí. Ahora soy inalcanzable para ellos. Inalcanzable. Inalcanzable. Inalcanzable.
Me
demoro en ese pensamiento, el cual me da fuerzas para mantener las lágrimas a
raya. Tengo que esperar unos momentos antes de asegurarme poder hablar sin que
la voz me traicione y revele lo que tanto esfuerzo me ha costado digerir.
—¿Sabes
madre? —digo, tratando de imprimir a mi voz el desprecio que siento en esos
momentos—. Te felicito. Tu discurso ha logrado el propósito de transferirme
buena disposición y entusiasmo ante la idea de asistir a Thornrose. Sin
embargo, los motivos distan mucho de adherirse a tus deseos. Mi mayor
motivación para ir es alejarme de ti por tan largo periodo de tiempo. Será sin
lugar a dudas algo paradisiaco.
Mi
madre abre los ojos, horrorizada, y se lleva las manos a la boca, como
reprimiendo una exclamación de espanto. Enseguida reacciona y se adelanta hasta
llegar a mí, levanta la mano y me abofetea la mejilla.
Yo
la miro impasible. Me siento más inclinada a sentirme satisfecha que dolida, ya
que he logrado mi propósito de desestabilizarla.
—Nada
mejor que facilitarme buenos recuerdos del hogar para provocar en mí que os
extrañe —digo con maligna ironía, llevándome la mano a la mejilla castigada. Ya
todo me da igual. Las cartas de mi futuro están echadas y ni siquiera se me ha
permitido estar presente en el juego.
Y
además, diga lo que diga, la más perjudicada voy a seguir siendo yo.
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