martes, 10 de julio de 2012

►CAPÍTULO I [Parte II]


Por fin mi madre se materializa en el cuarto, abriendo la puerta indiscretamente sin molestarse en llamar. Como hace siempre.

—¿Cómo van tus maletas? ¿Ya has empacado todo lo imprescindible?

Como cada vez que la tengo a poca distancia de mí, examino su rostro buscando las evidencias físicas que me declaran hija suya. Pero como siempre, no encuentro otra cosa que distintivos entre las dos.

Examino su cabello rubio, tan idéntico al de mi hermana pequeña y tan contario a mi melena negra, recogido en estos momentos en un formal moño en la nuca. Sus ojos son castaños, mientras que los míos son claros. Solo compartimos la piel extremadamente pálida y la altura media que caracteriza a las mujeres de la familia Nightsin.

Según me ha dicho mi familia, yo soy el vivo retrato de mi abuela cuando era joven; cosa que me complace mucho, porque se decía que la belleza de ella era enigmática e inigualable.

—Lo único imprescindible que poseo es la compañía de mi familia —replico con acritud, con la esperanza de originarle remordimientos por el destino que me ha obligado a tomar.

Si no remordimientos, mis palabras le provocan incomodidad, la cual enseguida intenta ocultar bajo una máscara impasible; pero yo ya lo he visto. Tal vez con un poco de chantaje emocional consiga disipar las absurdas ideas que le rondan entorno a mi formación como mujer.

—No es una separación definitiva —se defiende ella, mientras sus ojos castaños evalúan las cajas en las que he estado apilando con poco entusiasmo la mitad de mis vestidos. Evita mirarme a los ojos—. Volverás a casa durante las festividades importantes. La próxima es la Navidad, por lo que no estarás más de tres meses en la escuela sin vernos. Y siempre podemos ir a visitarte si así lo deseas.

Observo a mi madre mientras examina los trajes y da su aprobación asintiendo levemente con la cabeza según los desdobla uno por uno para volver a introducirlos nuevamente y con cuidado.

Cojo aire muy hondamente. Estoy a punto de decir algo de lo que bien podría arrepentirme luego.

—No consentiré en que me visitéis si no me dejas decidir mi futuro. No quiero ir a Thornrose.

Mi madre olvida los vestidos por un momento y su mirada enojada se posa sobre mí. El disgusto es evidente en las arrugas que surcan su frente y en el rictus rígido que forman sus labios.

—No es asunto de si quieres o no ir. El caso es que lo necesitas. —Alza la voz, evidenciando la furia que la corroe—. El buen Señor sabe que me he esforzado en hacer de ti una jovencita de bien: educada, sociable y mansa. Sin embargo el adversario de Dios debió plantar alguna semilla maligna en mi vientre cuando tú permanecías en él, a la espera de nacer y provocarme todas las jaquecas que te fueran posibles. —Su tono de voz ha aparcado el enojo y ha adoptado un aire dramático, lamentándose de sí misma mientras se lleva desolada las manos a la cabeza—. Eres todo lo que me propuse que no fueras: contestataria, independiente y antipática. ¿Cómo voy a lograr cumplir mi cometido de madre y destinarte a un matrimonio ventajoso? ¿Qué respetable caballero querría una mujer como tú de esposa? Es probable que seas una causa perdida y que ya no haya manera de corregir esas inclinaciones naturales tan inadecuadas para tus aspiraciones sociales; sin embargo, no pierdo la esperanza de que aprendas a aparentar ser la más deseable de las señoritas. Pero a mí no me queda ya paciencia, y la esperanza parece un sueño demasiado optimista. Necesito ayuda contigo. Y he optado por confiar en el buen prestigio y los excelentes resultados de los que goza el colegio Thornrose —confiesa mirándome con las lágrimas agolpándose en sus ojos. Parece suplicarme—. Hija mía, no es capricho mío si te envió a ese lugar. Dios sabe, y espero que después de estas explicaciones tú también lo comprendas al fin, que esta decisión tiene como único propósito beneficiarte a ti y ampliar tus posibilidades de futuro. ¿No estás de acuerdo, querida hija, en qué Thornrose puede obrar en ti una milagrosa influencia que derrote al fin tu obstinación a no encajar en el perfil de dama de esta sociedad?

Trago saliva con fuerza. La humedad que lucen los ojos de mi madre ha contagiado a mis propios órganos. Siento el llanto ansioso por abrirse paso desde las entrañas donde lo he enterrado; abrirse paso y estremecerme el pecho y mojar mis mejillas. Es inefable la decepción que siento en estos momentos hacia mi madre. Si alguna vez me ha entrado la duda de sí hacía bien en guardarme de contarle nada importante acerca de mí, hoy confirmo que he hecho lo correcto. Mi madre es esclava de las apariencias, de esta asquerosa sociedad que trata a las mujeres de bonitos e inútiles floreros. Y yo represento su fracaso como aspirante a buena madre sujeta al esnobismo. Yo soy su mayor error; aquel que le impide ser una perfecta mujer de una perfecta sociedad. Yo soy el borrón negro que amenaza con salpicar a toda la familia. Y ellos me ven como una masa sin emociones a la que hay que amoldar a su gusto antes de que me vuelva demasiado dura y les sea imposible modificarme. Pero ya he empezado a ser invariable, y con esta charla que me ha expuesto mi madre acaban de despertar el fuego que necesitaba para consolidarme en la forma que yo misma he escogido para mí. Ahora soy inalcanzable para ellos. Inalcanzable. Inalcanzable. Inalcanzable.

Me demoro en ese pensamiento, el cual me da fuerzas para mantener las lágrimas a raya. Tengo que esperar unos momentos antes de asegurarme poder hablar sin que la voz me traicione y revele lo que tanto esfuerzo me ha costado digerir.

—¿Sabes madre? —digo, tratando de imprimir a mi voz el desprecio que siento en esos momentos—. Te felicito. Tu discurso ha logrado el propósito de transferirme buena disposición y entusiasmo ante la idea de asistir a Thornrose. Sin embargo, los motivos distan mucho de adherirse a tus deseos. Mi mayor motivación para ir es alejarme de ti por tan largo periodo de tiempo. Será sin lugar a dudas algo paradisiaco.

Mi madre abre los ojos, horrorizada, y se lleva las manos a la boca, como reprimiendo una exclamación de espanto. Enseguida reacciona y se adelanta hasta llegar a mí, levanta la mano y me abofetea la mejilla.

Yo la miro impasible. Me siento más inclinada a sentirme satisfecha que dolida, ya que he logrado mi propósito de desestabilizarla.

—Nada mejor que facilitarme buenos recuerdos del hogar para provocar en mí que os extrañe —digo con maligna ironía, llevándome la mano a la mejilla castigada. Ya todo me da igual. Las cartas de mi futuro están echadas y ni siquiera se me ha permitido estar presente en el juego.

Y además, diga lo que diga, la más perjudicada voy a seguir siendo yo.

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