Paso junto a una cuadrilla de escandalosos que acaban de
celebrar una partida de cartas aprovisionándose de generosas jarras de cerveza.
La camarera aún no ha recibido el pago por las bebidas, y enseguida pienso en
que más le habría valido el haber prescindido de ello al ver la escena
siguiente. La mesera es una muchacha joven y bastante atractiva con su cabello
rubio largo y suelto enmarcando un busto extremadamente generoso que lleva muy
destapado. El grupo de bribones lo aprecia y uno de ellos tira del brazo de la
joven y la sienta en su regazo a base de movimientos torpes. La muchacha,
supongo que acostumbrada a ese trato, no se alarma ante esas libertades y en
cambio corea con carcajadas que se suman a las del resto el ebrio esfuerzo del
bellaco de intentar colarle los billetes en el pálido escote.
Un estremecimiento me recorre. Ése es uno de los pocos destinos
a los que podré acceder de negarme a cumplir con los requisitos que implican
ser una dama respetable. En ambos casos viviría sometida por mi condición; en
ambos casos estaré condenada a un rol pasivo. La mujer no actúa, sino que
encaja los actos de los demás. Las mujeres no tenemos elecciones propias;
aceptamos o rechazamos las de los demás.
Estoy destinada a un futuro lejos de mis deseos. Estoy
destinada a optar entre complacer a la alta sociedad o a las exigencias de la
pobreza. Y ambas incluyen ponerme a disposición de terceras personas exentas de
mi aprecio. Aunque por lo menos en la primera opción cuento con la protección
de la falsedad y las apariencias que cimentan la sociedad. En la segunda estoy
totalmente a merced del caprichoso azar. Es más incierta y me da muchísimo más
miedo. Además, toda mi vida me han educado para estar preparada para
sobrellevar la primera. Sin duda, estoy más capacitada para enfrentarme a
Thornrose que a las consecuencias de una huida.
Alcanzo la barra, donde una rolliza pareja están
absorbidos por las insistentes demandas de alcohol y comida. Ambos tienen el
rostro enrojecido crispado en una mueca de malhumor y me imponen bastante. Los
ojos de la posadera se ponen en mí, y mis elegantes ropas no surten ningún efecto.
Su negra mirada rapaz no se suaviza ni sus palabras adoptan el mínimo grado de
cordialidad.
—¿Qué quieres? —me ladra mientras se restriega la
sudorosa frente con el antebrazo.
—Buenas noches —saludo educadamente—. Desearía acceder
por esta noche a una de las habitaciones que ofrecen.
La mujer rebusca una llave concreta de las muchas sujetas
al aro de latón que lleva celosamente pendido de sus anchas caderas. Desprende
una de ellas y me ofrece la llave oxidada.
—No insistas en elegir cuarto porque es un milagro que en
una noche como esta quede alguno disponible —me dice con brusquedad.
Yo cojo la llave y la pongo a buen recaudo entre los
pliegues de mis ropas.
—Así está bien.
—Es la tercera puerta del lado derecho del pasillo —me
indica antes de dedicarse de lleno a atender el pedido de un cañón de cerveza.
—¿Te queda algo de comer que ofrecerme? —pregunto
siguiéndola desde el lado opuesto de la barra. Han pasado largas horas desde
que tomé un último bocado y empiezo a notar como mi estómago se rebela. Sus
gritos exigiendo comida son casi audibles por encima del tumulto del local. Y
tiene toda la razón. Necesito reponer energías para mañana, el traqueteo del
coche las ha desgastado más de la cuenta.
—Algo me queda —responde la mujer mientras desliza el
jarrón a través de la superficie de la barra para hacérsela llegar a su
solicitante. Después su mirada oscura se centra en mí mientras empuña una mano
en su cintura—. Tengo tiras fritas de carne de cerdo, pan horneado del mediodía
y un poco de pudin de arándanos. ¿Te interesa?
Asiento con la cabeza.
—¿Podría tomarlo en la habitación que me ha sido
asignada?
La mujer se encoge de hombros.
—Hazlo siempre y cuando te subas la comida tú misma. No
me alcanza el tiempo para perderlo en ese tipo de tareas. Estamos desbordados
de trabajo.
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