jueves, 19 de julio de 2012

►CAPÍTULO I [Parte V]


Un sonido proveniente del exterior interrumpe nuestra conversación. Es el carruaje de la familia, que ya está listo para llevarme.

Mi hermana es consciente de que mi tiempo aquí está llegando a su fin. Emite un jadeo de alarma y me echa los brazos al cuello, acercándome a ella. Yo la rodeo con mis brazos y la elevo por encima del suelo hasta que nuestras caras están a la misma altura. Pero no quiero que sea un abrazo triste, así que entierro mi cara en su cuello y comienzo a hacerle cosquillas con mi nariz. Ella se estremece en mis brazos y hasta patalea, empujando mi pecho con sus barcitos para poder alejarse de mi tortura. Pero está disfrutando a la vez y por ello se ríe a carcajadas que rebotan por las paredes de la casa.

Yo me río con ella y beso su mejilla antes de permitirle una tregua y depositarla en el suelo. Su humor ha cambiado y es ahora más propensa a mostrarse alegre que triste.

—Es hora de que te marches —comunica mi madre, apareciendo como por arte de magia en el vano de mi cuarto.

Yo asiento fríamente y observo distraída como un par de empleadas esquivan la figura inmóvil de mi madre y entran en la habitación para bajar las maletas. Yo le ofrezco mi mano a Cecily, que la acepta sin dudarlo un segundo, y juntas de la mano sobrepasamos a mi madre y bajamos las grandiosas escaleras que llevan al vestíbulo principal.

Mi padre no está allí aguardando para despedirme, y tampoco espero que venga en los próximos minutos. Yo me acerco a la puerta principal doble, que yace abierta de par en par como una ventana abierta al mundo exterior. Y el mundo exterior es un cuadro de nubes ennegrecidas serpenteando sobre un cielo de luminosidad decreciente, arrojando sobre el mundo la lumbre moribunda de las ascuas del día.

El lacayo ya está terminando de acomodar mi escaso equipaje en el suntuoso coche lacado en negro con sus magníficos corceles de pelaje de alacrán. Una fina llovizna describe el dramatismo del que es digno esta escena.

Cecily permanece aferrada a mí y yo me agacho para besar por última vez sus frescas mejillas. Ella se esfuerza por mantenerse alegre. La admiro por ello.

Mi madre se ha materializado junto a nosotras y da la impresión de estar incomoda a juzgar por sus tensas facciones y su huidiza mirada.

—Te acompañaré hasta la escuela —declara mientras se arma de voluntad para mirarme e incluso se atreve a recolocarme el chal sobre los hombros.

—Prefiero ir sola.

—¿Estás segura?

No. Pero me duele que no trates de insistir.

—Sí.

—En ese caso, mucha suerte —me dice. Parece que por fin puede respirar tranquila, como si la idea de compartir conmigo un cubículo de poco más de cuatro metros cuadrados hubiera sido una posibilidad que le hubiese aterrado—. Y recuerda que te quiero y que solo deseo lo mejor para ti.

Yo asiento con la cabeza, pero mis labios carecen de motivación para separarse y responder algo.

—Buen viaje.

Vuelvo a afirmar con la cabeza y después de guiñar un ojo a Cecily me lanzo a la fina lluvia que el atardecer ha traído consigo. El lacayo inclina la cabeza con solemnidad cuando llego hasta él, y después me ofrece una mano enguantada para ayudarme (innecesariamente) a alcanzar el refugio de la cabina del carruaje. Siento como el coche se tambalea mientras el cochero y el lacayo ocupan sus puestos a bordo y segundos después iniciamos la marcha hacia mi pesadilla.

Apoyo mis rodillas en el acolchado asiento para mirar desde el elíptico vano acristalado de la parte trasera y me veo alejarme inexorable y veloz de mi hogar. Mi madre y mi hermana continúan en la entrada principal, viéndome partir. Me llevo una mano a los labios y envío un beso volado a Cecily mientras el nudo que tengo en la garganta me estrangula con más energía. Mis ojos pasean con rapidez la mirada sobre la fachada de piedra caliza de mi mansión, pasando por la hilera de enormes ventanales cuyo interior mantienen en secreto los pesados cortinajes de terciopelo. Me despido en silencio de las macetas de flores que se alienan sobre el baldosado suelo de los reducidos balcones de las habitaciones, sobresaliendo sus flores por entre los finísimos barrotes de hierro negro. Y entonces una figura llama mi atención. Está asomada desde la claraboya del desván. Su femenina silueta irradia una suave luz diáfana y también contempla mi marcha.

Las lágrimas que he estado conteniendo durante muchos días por fin se desbordan, nublando mi visión y dejándome a merced de los pensamientos, lo único nítido en estos momentos.

Absorbo la imagen final de mi hogar hasta que los frondosos árboles que franquean la senda me ocultan sus muros blancos. Solo entonces me dejo caer en el asiento y me tumbo sobre él, encogiendo las rodillas para poder encajar. Mi llanto empapa el brillante terciopelo rojo del asiento y la parte superior de mi cabeza se estampa contra la pared lateral del coche con cada sacudida, pero ese dolor físico resulta un consuelo. Me distrae por un momento de mi agitación interior y además no pierdo la esperanza de que me atonte lo suficiente como para abandonarme a la paz que trae el sueño al sumirte en la inconsciencia. Aunque sospecho que los sueños se alimentan de nuestras emociones y miedos y nos obligan a enfrentarlos en sus tierras quiméricas. Y en ese caso, hoy es más enemigo que aliado mío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario