Un
sonido proveniente del exterior interrumpe nuestra conversación. Es el carruaje
de la familia, que ya está listo para llevarme.
Mi
hermana es consciente de que mi tiempo aquí está llegando a su fin. Emite un
jadeo de alarma y me echa los brazos al cuello, acercándome a ella. Yo la rodeo
con mis brazos y la elevo por encima del suelo hasta que nuestras caras están a
la misma altura. Pero no quiero que sea un abrazo triste, así que entierro mi
cara en su cuello y comienzo a hacerle cosquillas con mi nariz. Ella se
estremece en mis brazos y hasta patalea, empujando mi pecho con sus barcitos
para poder alejarse de mi tortura. Pero está disfrutando a la vez y por ello se
ríe a carcajadas que rebotan por las paredes de la casa.
Yo
me río con ella y beso su mejilla antes de permitirle una tregua y depositarla
en el suelo. Su humor ha cambiado y es ahora más propensa a mostrarse alegre
que triste.
—Es
hora de que te marches —comunica mi madre, apareciendo como por arte de magia
en el vano de mi cuarto.
Yo
asiento fríamente y observo distraída como un par de empleadas esquivan la
figura inmóvil de mi madre y entran en la habitación para bajar las maletas. Yo
le ofrezco mi mano a Cecily, que la acepta sin dudarlo un segundo, y juntas de
la mano sobrepasamos a mi madre y bajamos las grandiosas escaleras que llevan
al vestíbulo principal.
Mi
padre no está allí aguardando para despedirme, y tampoco espero que venga en
los próximos minutos. Yo me acerco a la puerta principal doble, que yace
abierta de par en par como una ventana abierta al mundo exterior. Y el mundo
exterior es un cuadro de nubes ennegrecidas serpenteando sobre un cielo de
luminosidad decreciente, arrojando sobre el mundo la lumbre moribunda de las
ascuas del día.
El
lacayo ya está terminando de acomodar mi escaso equipaje en el suntuoso coche
lacado en negro con sus magníficos corceles de pelaje de alacrán. Una fina
llovizna describe el dramatismo del que es digno esta escena.
Cecily
permanece aferrada a mí y yo me agacho para besar por última vez sus frescas
mejillas. Ella se esfuerza por mantenerse alegre. La admiro por ello.
Mi
madre se ha materializado junto a nosotras y da la impresión de estar incomoda
a juzgar por sus tensas facciones y su huidiza mirada.
—Te
acompañaré hasta la escuela —declara mientras se arma de voluntad para mirarme
e incluso se atreve a recolocarme el chal sobre los hombros.
—Prefiero
ir sola.
—¿Estás
segura?
No. Pero me duele que no trates de
insistir.
—Sí.
—En
ese caso, mucha suerte —me dice. Parece que por fin puede respirar tranquila,
como si la idea de compartir conmigo un cubículo de poco más de cuatro metros
cuadrados hubiera sido una posibilidad que le hubiese aterrado—. Y recuerda que
te quiero y que solo deseo lo mejor para ti.
Yo
asiento con la cabeza, pero mis labios carecen de motivación para separarse y
responder algo.
—Buen
viaje.
Vuelvo
a afirmar con la cabeza y después de guiñar un ojo a Cecily me lanzo a la fina
lluvia que el atardecer ha traído consigo. El lacayo inclina la cabeza con
solemnidad cuando llego hasta él, y después me ofrece una mano enguantada para
ayudarme (innecesariamente) a alcanzar el refugio de la cabina del carruaje.
Siento como el coche se tambalea mientras el cochero y el lacayo ocupan sus
puestos a bordo y segundos después iniciamos la marcha hacia mi pesadilla.
Apoyo
mis rodillas en el acolchado asiento para mirar desde el elíptico vano
acristalado de la parte trasera y me veo alejarme inexorable y veloz de mi
hogar. Mi madre y mi hermana continúan en la entrada principal, viéndome
partir. Me llevo una mano a los labios y envío un beso volado a Cecily mientras
el nudo que tengo en la garganta me estrangula con más energía. Mis ojos pasean
con rapidez la mirada sobre la fachada de piedra caliza de mi mansión, pasando
por la hilera de enormes ventanales cuyo interior mantienen en secreto los
pesados cortinajes de terciopelo. Me despido en silencio de las macetas de
flores que se alienan sobre el baldosado suelo de los reducidos balcones de las
habitaciones, sobresaliendo sus flores por entre los finísimos barrotes de
hierro negro. Y entonces una figura llama mi atención. Está asomada desde la
claraboya del desván. Su femenina silueta irradia una suave luz diáfana y
también contempla mi marcha.
Las
lágrimas que he estado conteniendo durante muchos días por fin se desbordan, nublando
mi visión y dejándome a merced de los pensamientos, lo único nítido en estos
momentos.
Absorbo
la imagen final de mi hogar hasta que los frondosos árboles que franquean la
senda me ocultan sus muros blancos. Solo entonces me dejo caer en el asiento y
me tumbo sobre él, encogiendo las rodillas para poder encajar. Mi llanto empapa
el brillante terciopelo rojo del asiento y la parte superior de mi cabeza se
estampa contra la pared lateral del coche con cada sacudida, pero ese dolor
físico resulta un consuelo. Me distrae por un momento de mi agitación interior
y además no pierdo la esperanza de que me atonte lo suficiente como para
abandonarme a la paz que trae el sueño al sumirte en la inconsciencia. Aunque
sospecho que los sueños se alimentan de nuestras emociones y miedos y nos
obligan a enfrentarlos en sus tierras quiméricas. Y en ese caso, hoy es más
enemigo que aliado mío.
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