Mi
hermana Cecily entra en tromba en mi cuarto, con sus cuidados bucles rubios
agitándose al lado de su bonita y redonda carita. Sus enormes ojos castaños me
buscan con la mirada y cuando por fin identifica mi silueta de entre todas las
sombras de la habitación corre hacia mí como una flecha, lanzándose a mis
brazos y estrechándome con toda su escasa fuerza pueril.
—¡Voy
a echarte muchísimo de menos! —farfulla con voz afectada, restregando su
pequeño rostro contra mi hombro y humedeciéndome la ropa con las lágrimas.
—Shhh
—susurró contra su oído mientras uno de mis brazos rodean su cuerpo y una mano
acaricia acompasadamente su rubia coronilla—. Anda, sonríeme —le ruego
dulcificando mi voz—. No me gustaría que mi último recuerdo tuyo sean tus
bonitos ojos encharcados de pena. Tendría que esperar a la Navidad para poder
reemplazar esa imagen por otra más alegre, a no ser que vayas a llorar cada vez
que tenga que marcharme.
La
escuchó hipar contra mi cuerpo, sus pequeñas manos aferrándose a la holgada
tela de mis mangas acampanadas. Me está arrugando el vestido, pero no me
importa.
Le
dejo que siga llorando mientras le repito palabras de consuelo y mis manos
tratan de tranquilizarla mediante un rítmico roce. Podría decirse que junto a
Helen es la única persona a la que realmente voy a extrañar.
Cecily
es la hija perfecta que mis padres siempre habían esperado de mí. Es incluso
más buena de lo que ellos tenían derecho a soñar. Su personalidad es acorde a
su angelical apariencia. Es tan dulce, tan cariñosa, tan alegre, obediente e
inocente. Es sin duda la bella y delicada flor que la sociedad le exige que
sea. Y aunque detesto a los productos de la alta sociedad, a ella jamás podría
llegar a detestarla. Y no solamente por el hecho de que sea mi hermana. Su
comportamiento es innatamente bondadoso y frágil; está exento de la hipocresía
que muchas damas deben esgrimir para adaptarse a las exigencias de su posición.
Ella es natural y verdadera. Al menos de momento. Espero que la aristocracia no
la estropee demasiado.
Mi
hermana levanta sus ojos castaños hasta mí. Lucen cristalinos por las lágrimas
recientes, y ahora más que nunca parecen dos estrellas en pleno declive. Pero
me niego a que se apaguen. Cojo su rostro entre mis manos y mis pulgares barren
la humedad adherida a sus largas pestañas. Le dedico la sonrisa más amplía que
puedo ofrecerle sin dejar que ésta entre en terreno forzado. Y ella se esfuerza
por devolvérmela.
Durante
unos momentos la miro con atención, siendo consciente de su mirada límpida, de
su pequeña nariz respingona, su pequeña boca de labios carnosos y sus mejillas
sonrosadas. Observo el celestial marco que supone sus rizos rubios para su
preciosa cara, el modo en que estos despuntan en todas las direcciones bajo dos
graciosos lacitos rosas a cada lado.
Sin
duda, la existencia de Cecily supone un gran consuelo para mis padres. Y no los
culpo; yo misma agradezco el hecho de tenerla. La quiero muchísimo tal y como
es. Y me alegra inenarrablemente que al menos una de las dos pueda crecer feliz
en este ambiente. Al fin y al cabo es lo más aconsejable ya que sé de sobra que
mi resistencia a pertenecer a este mundo solamente va a causarme sufrimientos y
frustraciones. Y derrota.
—¿Me
escribirás? —pregunta mi pequeña con voz esperanzada.
Yo
sonrió.
—Por
supuesto. Es más, todas mis cartas serán solamente para ti. Ya verás, te
escribiré todas las cosas maravillosas que me ocurran y en caso de que la vida
real me sea demasiado insípida me inventaré bonitos cuentos de hadas y duendes.
Cecily
también sonríe, muy complacida, aunque enseguida su rostro retorna a las
sombras de la pena y murmura con voz quebrada y la mirada baja:
—Me
apena mucho que te lleves tan mal con papá y mamá.
Yo
tuerzo el gesto, pero enseguida pienso en la manera más sencilla y sutil de
explicárselo.
—Verás,
Cecily, nuestros padres y yo hemos llegado a un punto en el que nuestras
opiniones son tan contrarias y cada uno de nosotros tan obstinado en sus
creencias que no hay reconciliación posible. Al menos por el momento. —Relajo
mi expresión y mis dedos peinan sus cabellos dorados—. Pero no es odio. Yo los
sigo queriendo muchísimo y ellos también me quieren a mí.
—No
lo entiendo —susurra Cecily con voz triste, negando con la cabeza. Sus ojos
encuentran los míos—. ¿No es el amor el sentimiento más fuerte? —pregunta
confundida—. Eso me enseñan los cuentos, pero si así fuera estaría por encima
de vuestras diferencias.
Mis
propios ojos se llenan de lágrimas, aunque tengo un dominio demasiado fuerte
sobre mis emociones y consigo despacharlas a su lugar de origen: la nada. Sus
palabras me han causado un terrible temor por la felicidad de mi hermana. Ella
cree en el predominio de las emociones, en la importancia de los sentimientos.
Me he equivocado al pensar que encajaría perfectamente en este mundo. Sin duda
se sentirá profundamente decepcionada con la vida en cuanto salga de la burbuja
de la infancia y tenga que prepararse para adoptar actitudes y filosofías de
vida que escupen sobre los sentimientos. Quiero gritar de impotencia, abrazarla
y protegerla con mi cuerpo de todo mal. Quiero llevarla lejos a un lugar donde
pueda permitirse seguir soñando.
—El
amor es el sentimiento más poderoso —afirmó forzando una sonrisa—. Jamás dudes
de eso.
—Pero
entonces… —protesta ella.
—Tan
poderoso —la interrumpo yo con recobrada vitalidad— que va a hacer que también
escriba a papá y mamá.
—¿De
verdad? —pregunta mi hermanita con ojos brillantes de placidez.
—Sí
—prometo yo.