domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo II [Part IV]


Pero entonces me veo liberada del borracho. Es un momento confuso. Todo pasa muy rápido. En un segundo me tiene atrapada entre sus fuertes brazos, sometiéndome a la pasión, y al segundo siguiente lo veo salir despedido hacia atrás, caerse de espaldas al suelo y quedar medio inconsciente con el taburete donde estaba sentado instantes antes aterrizando brutalmente sobre su cuerpo.

Lo primero que pienso es que se trata de Joseph, que ha venido en un momento en el que estaba distraída lidiando con el rufián. Pero mi salvador no es el lacayo. Es un joven de cabellos rubios y ojos azules.

—¿Qué tal te sientes? —me pregunta con voz grave, manteniéndose en pie a mi lado, a cierta distancia. No se aproxima a mí para sostenerme por si el desafortunado acontecimiento ha supuesto una impresión demasiado fuerte para mi débil constitución. No me sostiene como si temiera que fuera a desmayarme, como sería lo habitual. No me considera forzosamente débil por ser mujer. Esa certeza me infunde ánimos.

—Estoy bien gracias a ti.

—No deberías aventurarte sola a este tipo de sitios si no sabes defenderte —me reprocha mirándome con fijeza.

Me encanta eso que ha dicho de “si no sabes defenderte”. Definitivamente, no ve una diferencia abismal entre hombres y mujeres. Ha quedado confirmado que no me considera naturalmente incapacitada para valerme por mí misma. Y eso lo convierte en la primera persona después de Helen a la que deseo conocer por voluntad propia. Nunca antes había sentido deseos de pasar más tiempo del obligado con ningún mortal. Nunca antes había deseado compartir parte de mí, aunque fuera mi tiempo en pleno silencio, con nadie. Es una sensación extraña, pero muy grata. Y cálida. Sobre todo cálida.

Mis reflexiones y mi agradable sorpresa con respecto a él deben reflejarse en mi expresión, ya que él me mira con una sombra de confusión en sus ojos, como si estuviese tratando de dilucidar mis pensamientos y estuviese obteniendo fracasos que intensificaran la intriga que le suscito. 

—Mi nombre es Shirley. —Acompaño mi presentación con una honesta sonrisa.

Él no responde enseguida. Sigue estudiándome en silencio unos segundos más hasta que por fin me da un nombre:

—Aedan.

El silencio vuelve a retumbar entre nosotros. Pero curiosamente no es incómodo. Me agrada Aedan.

—Tu cena —oigo decir a la posadera tras de mí, seguido de un golpe seco que presupongo que se trata del aterrizaje de mi comida sobre la barra.

sábado, 28 de julio de 2012

►CAPÍTULO II [Parte III]


Espero junto al mostrador mientras la posadera me calienta la comida, mirando deseosamente las escaleras que prometen traerme algo de paz en mitad de ese barullo.

—¿La señorita es demasiado buena para mezclarse con la plebe? —pregunta una voz burlona y ebria a mis espaldas.

Sobresaltada, me doy la vuelta y me topo de frente con un borracho de mediana edad acodado en la barra con una cerveza semivacía delante.

No respondo y decido ignorarle con la esperanza de que no busque conversación conmigo. Desvío mis ojos hacia el recinto de trabajo donde el matrimonio de posaderos se desplaza de un lado a otro sin descanso. Trato de discernir con cierta impaciencia cómo va la elaboración de mi cena y cuánto queda para poder retirarme con ella. Pero entonces el borracho me apresa el antebrazo con su implacable garra. Parece como si tuviera el brazo rodeado por un grillete de acero.

Trato de ocultar el nerviosismo que empieza a embargarme y miro a mi alrededor en busca de Joseph. Pero éste debe estar aún supervisando el cuidado de los caballos en los establos y no está allí, conmigo. Mi desesperado escrutinio finaliza en el hombre que me tiene agarrada.

—¿También es demasiado buena para responder a un simple borracho? —pregunta con voz gangosa una vez que mis ojos lo detectan.

—Solamente estoy cansada —repongo con fingida tranquilidad—. ¿Puedes soltarme, por favor?

Pero el hombre continúa aferrándome.

—Nunca se está demasiado cansada como para no ser educada —protesta con socarronería. Se ríe de su propio ingenio y al hacerlo me descubre una hilera desigual de dientes amarillentos y putrefactos. Su aliento impregnado de alcohol me alcanza y me provoca nauseas.

—Suéltame —exijo, aunque no sueno tan firme y despreocupada como desearía.

Él continúa riéndose, festejando mi apuro e incomodidad.

Vuelvo a mirar a mi alrededor buscando a alguien a quien conmueva mi situación y esté dispuesto a defenderme. Pero la gran mayoría está sumergida en charlas altisonantes y carcajadas estruendosas. Y los únicos capacitados para apreciar mi difícil tesitura están demasiado arraigados a la práctica de no exponerse a la atención pública como para reaccionar.

No hay nadie dispuesto a ayudarme. Nadie.

—No voy a soltarte todavía —continúa diciendo el villano, reclamando nuevamente mi atención—. Voy a enseñarte modales. Para empezar, vas a enmendar tus faltas y a recompensarme tu grosería con un beso, preciosa —proclama riendo con entusiasmo.

Mi alarma se dispara, pero nada puedo hacer para obedecer a ella y alejarme. Estoy atrapada. El brazo que me sostiene tira de mí para acercarme más a él, hasta que quedo pegada completamente a su cuerpo. Aunque alcoholizado y torpe sigue teniendo más fuerza que yo y mis intentos por zafarme son infructuosos. Sus ropas raídas desprenden un olor a sudor añejo que me marea y me repugna. Sus labios húmedos buscan los míos, pero yo ladeo la cabeza a tiempo y su apasionado beso termina por impactar en mi mandíbula. Me siento impotente y humillada, y las lágrimas se agrupan en mis ojos. Miro desesperadamente hacia la puerta principal, sintiendo la lengua de mi captor recorriéndome la mejilla. Rezo con desespero porque aparezca Joseph.

miércoles, 25 de julio de 2012

►CAPÍTULO II [Parte II]


Paso junto a una cuadrilla de escandalosos que acaban de celebrar una partida de cartas aprovisionándose de generosas jarras de cerveza. La camarera aún no ha recibido el pago por las bebidas, y enseguida pienso en que más le habría valido el haber prescindido de ello al ver la escena siguiente. La mesera es una muchacha joven y bastante atractiva con su cabello rubio largo y suelto enmarcando un busto extremadamente generoso que lleva muy destapado. El grupo de bribones lo aprecia y uno de ellos tira del brazo de la joven y la sienta en su regazo a base de movimientos torpes. La muchacha, supongo que acostumbrada a ese trato, no se alarma ante esas libertades y en cambio corea con carcajadas que se suman a las del resto el ebrio esfuerzo del bellaco de intentar colarle los billetes en el pálido escote.

Un estremecimiento me recorre. Ése es uno de los pocos destinos a los que podré acceder de negarme a cumplir con los requisitos que implican ser una dama respetable. En ambos casos viviría sometida por mi condición; en ambos casos estaré condenada a un rol pasivo. La mujer no actúa, sino que encaja los actos de los demás. Las mujeres no tenemos elecciones propias; aceptamos o rechazamos las de los demás.

Estoy destinada a un futuro lejos de mis deseos. Estoy destinada a optar entre complacer a la alta sociedad o a las exigencias de la pobreza. Y ambas incluyen ponerme a disposición de terceras personas exentas de mi aprecio. Aunque por lo menos en la primera opción cuento con la protección de la falsedad y las apariencias que cimentan la sociedad. En la segunda estoy totalmente a merced del caprichoso azar. Es más incierta y me da muchísimo más miedo. Además, toda mi vida me han educado para estar preparada para sobrellevar la primera. Sin duda, estoy más capacitada para enfrentarme a Thornrose que a las consecuencias de una huida.

Alcanzo la barra, donde una rolliza pareja están absorbidos por las insistentes demandas de alcohol y comida. Ambos tienen el rostro enrojecido crispado en una mueca de malhumor y me imponen bastante. Los ojos de la posadera se ponen en mí, y mis elegantes ropas no surten ningún efecto. Su negra mirada rapaz no se suaviza ni sus palabras adoptan el mínimo grado de cordialidad.

—¿Qué quieres? —me ladra mientras se restriega la sudorosa frente con el antebrazo.

—Buenas noches —saludo educadamente—. Desearía acceder por esta noche a una de las habitaciones que ofrecen.

La mujer rebusca una llave concreta de las muchas sujetas al aro de latón que lleva celosamente pendido de sus anchas caderas. Desprende una de ellas y me ofrece la llave oxidada.

—No insistas en elegir cuarto porque es un milagro que en una noche como esta quede alguno disponible —me dice con brusquedad.

Yo cojo la llave y la pongo a buen recaudo entre los pliegues de mis ropas.

—Así está bien.

—Es la tercera puerta del lado derecho del pasillo —me indica antes de dedicarse de lleno a atender el pedido de un cañón de cerveza.

—¿Te queda algo de comer que ofrecerme? —pregunto siguiéndola desde el lado opuesto de la barra. Han pasado largas horas desde que tomé un último bocado y empiezo a notar como mi estómago se rebela. Sus gritos exigiendo comida son casi audibles por encima del tumulto del local. Y tiene toda la razón. Necesito reponer energías para mañana, el traqueteo del coche las ha desgastado más de la cuenta.

—Algo me queda —responde la mujer mientras desliza el jarrón a través de la superficie de la barra para hacérsela llegar a su solicitante. Después su mirada oscura se centra en mí mientras empuña una mano en su cintura—. Tengo tiras fritas de carne de cerdo, pan horneado del mediodía y un poco de pudin de arándanos. ¿Te interesa?

Asiento con la cabeza.

—¿Podría tomarlo en la habitación que me ha sido asignada?

La mujer se encoge de hombros.

—Hazlo siempre y cuando te subas la comida tú misma. No me alcanza el tiempo para perderlo en ese tipo de tareas. Estamos desbordados de trabajo.

domingo, 22 de julio de 2012

►CAPÍTULO II [Parte I]


Unos insistentes golpes me sacan de mi profundo sopor. Finalmente Morfeo ha sido benevolente y no ha sembrado pesadillas en mis sueños.

Me incorporo confundida. Me he quedado dormida sobre el asiento del carruaje. El vaiveneo ha cesado y todo está sumido en un absoluto silencio. Solo se escucha el impacto de la lluvia sobre el techo y los nudillos de alguien aporreando la portezuela.

Aún empleo unos segundos en restregarme los ojos para restaurar mi visión de las brumas del sueño. Después descorro la cortina color borgoña que pende sobre la ventanilla de la puerta. Distingo a Joseph, el lacayo, aguardando mi atención bajo un sobrio paraguas negro. Cuando ve que sus llamadas han dado resultado abre cuidadosamente la portezuela para poder hablarme sin dejar que la tormenta alcance el cálido interior.

—Miss Nightsin —saluda con formalidad.

—¿Ya hemos llegado, Joseph?

Él niega con la cabeza.

—Nos hemos visto obligados a detenernos —explica—. Estamos en el pueblo más inmediato a Thornrose, pero me temo que el colegio se erige en un claro del bosque y su frondosa vegetación no permite el paso de carruajes.

—Oh.

—Si usted da su aprobación descansaremos esta noche en una posada y mañana temprano buscaremos a alguien del pueblo que conozca los bosques y pueda servirnos de guía.  

Yo asiento con la cabeza, conforme. Necesito reposar, aunque sea en el catre duro e incómodo de una diminuta habitación de posada. Sigue siendo mejor alternativa a someterme al bamboleo brusco del carruaje que me ha ocasionado más de una contractura.

Salgo del coche y llego hasta el alero que sobresale de la fachada principal, justo encima de la puerta de entrada. Junto a mí camina el servicial Joseph, que me resguarda bajo el paraguas durante el corto trayecto. Levanto los ojos y distingo una placa de metal que se balancea violentamente agitando el nombre escrito del lugar: “El nido del Águila”.

La puerta de entrada da acceso a la taberna del establecimiento, la cual ocupa todo el primer piso. Al fondo, a la izquierda, diviso las maltratadas y escarpadas escaleras de peldaños carentes de tabicas que le dan un aire de peligrosidad. Sin embargo la certeza de que conducen a las habitaciones me hace desear subirlas de inmediato. Pero antes he de solicitar una llave y mis pies se obligan a desviarse un poco, hacia la alargada barra existente junto a ellas.

El lugar está mal iluminado. La luz parece tener la única función de agravar las copiosas sombras que plagan el local.

Para llegar al mostrador tengo que caminar haciendo zigzags, esquivando las vastas mesas de madera dispuestas sin orden. Mi cuerpo se tensa mientras me siento objeto de una lluvia de miradas viniente de todas las direcciones. Es evidente que no soy el prototipo estándar de visitante.


Pese a que lo más inteligente es ignorar a mi alrededor, conseguir la llave y retirarme a un completo aislamiento, mi curiosidad tiene demasiado dominio en mí. No llevo ni dos segundos luchando contra ella cuando mis ojos se desvían del frente y contemplo mi entorno.

De mi escrutinio saco esta conclusión: hay dos tipos de gente allí. Por un lado están los clásicos asiduos que asisten al lugar con el único propósito de despejarse de la rutina bebiendo desmedidamente y jugando a perder dinero (o a ganarlo, depende de la racha que llevaran). Y por otro lado están los hijos de las sombras, aquellos que están de paso y no tienen el mínimo interés en sumergirse en ninguna clase de ocio. Sin embargo, éstos tampoco son partidarios de la soledad y optan por conservar su anonimato adoptando un rol antisocial pero sin desconectar del mundo.

La diferencia entre ambos grupos es evidente y manifiesta. Mientras los uno se esfuerzan por hacer del silencio un mito, los otros hacen lo posible por pasar desapercibidos abrazados al mismo.

jueves, 19 de julio de 2012

►CAPÍTULO I [Parte V]


Un sonido proveniente del exterior interrumpe nuestra conversación. Es el carruaje de la familia, que ya está listo para llevarme.

Mi hermana es consciente de que mi tiempo aquí está llegando a su fin. Emite un jadeo de alarma y me echa los brazos al cuello, acercándome a ella. Yo la rodeo con mis brazos y la elevo por encima del suelo hasta que nuestras caras están a la misma altura. Pero no quiero que sea un abrazo triste, así que entierro mi cara en su cuello y comienzo a hacerle cosquillas con mi nariz. Ella se estremece en mis brazos y hasta patalea, empujando mi pecho con sus barcitos para poder alejarse de mi tortura. Pero está disfrutando a la vez y por ello se ríe a carcajadas que rebotan por las paredes de la casa.

Yo me río con ella y beso su mejilla antes de permitirle una tregua y depositarla en el suelo. Su humor ha cambiado y es ahora más propensa a mostrarse alegre que triste.

—Es hora de que te marches —comunica mi madre, apareciendo como por arte de magia en el vano de mi cuarto.

Yo asiento fríamente y observo distraída como un par de empleadas esquivan la figura inmóvil de mi madre y entran en la habitación para bajar las maletas. Yo le ofrezco mi mano a Cecily, que la acepta sin dudarlo un segundo, y juntas de la mano sobrepasamos a mi madre y bajamos las grandiosas escaleras que llevan al vestíbulo principal.

Mi padre no está allí aguardando para despedirme, y tampoco espero que venga en los próximos minutos. Yo me acerco a la puerta principal doble, que yace abierta de par en par como una ventana abierta al mundo exterior. Y el mundo exterior es un cuadro de nubes ennegrecidas serpenteando sobre un cielo de luminosidad decreciente, arrojando sobre el mundo la lumbre moribunda de las ascuas del día.

El lacayo ya está terminando de acomodar mi escaso equipaje en el suntuoso coche lacado en negro con sus magníficos corceles de pelaje de alacrán. Una fina llovizna describe el dramatismo del que es digno esta escena.

Cecily permanece aferrada a mí y yo me agacho para besar por última vez sus frescas mejillas. Ella se esfuerza por mantenerse alegre. La admiro por ello.

Mi madre se ha materializado junto a nosotras y da la impresión de estar incomoda a juzgar por sus tensas facciones y su huidiza mirada.

—Te acompañaré hasta la escuela —declara mientras se arma de voluntad para mirarme e incluso se atreve a recolocarme el chal sobre los hombros.

—Prefiero ir sola.

—¿Estás segura?

No. Pero me duele que no trates de insistir.

—Sí.

—En ese caso, mucha suerte —me dice. Parece que por fin puede respirar tranquila, como si la idea de compartir conmigo un cubículo de poco más de cuatro metros cuadrados hubiera sido una posibilidad que le hubiese aterrado—. Y recuerda que te quiero y que solo deseo lo mejor para ti.

Yo asiento con la cabeza, pero mis labios carecen de motivación para separarse y responder algo.

—Buen viaje.

Vuelvo a afirmar con la cabeza y después de guiñar un ojo a Cecily me lanzo a la fina lluvia que el atardecer ha traído consigo. El lacayo inclina la cabeza con solemnidad cuando llego hasta él, y después me ofrece una mano enguantada para ayudarme (innecesariamente) a alcanzar el refugio de la cabina del carruaje. Siento como el coche se tambalea mientras el cochero y el lacayo ocupan sus puestos a bordo y segundos después iniciamos la marcha hacia mi pesadilla.

Apoyo mis rodillas en el acolchado asiento para mirar desde el elíptico vano acristalado de la parte trasera y me veo alejarme inexorable y veloz de mi hogar. Mi madre y mi hermana continúan en la entrada principal, viéndome partir. Me llevo una mano a los labios y envío un beso volado a Cecily mientras el nudo que tengo en la garganta me estrangula con más energía. Mis ojos pasean con rapidez la mirada sobre la fachada de piedra caliza de mi mansión, pasando por la hilera de enormes ventanales cuyo interior mantienen en secreto los pesados cortinajes de terciopelo. Me despido en silencio de las macetas de flores que se alienan sobre el baldosado suelo de los reducidos balcones de las habitaciones, sobresaliendo sus flores por entre los finísimos barrotes de hierro negro. Y entonces una figura llama mi atención. Está asomada desde la claraboya del desván. Su femenina silueta irradia una suave luz diáfana y también contempla mi marcha.

Las lágrimas que he estado conteniendo durante muchos días por fin se desbordan, nublando mi visión y dejándome a merced de los pensamientos, lo único nítido en estos momentos.

Absorbo la imagen final de mi hogar hasta que los frondosos árboles que franquean la senda me ocultan sus muros blancos. Solo entonces me dejo caer en el asiento y me tumbo sobre él, encogiendo las rodillas para poder encajar. Mi llanto empapa el brillante terciopelo rojo del asiento y la parte superior de mi cabeza se estampa contra la pared lateral del coche con cada sacudida, pero ese dolor físico resulta un consuelo. Me distrae por un momento de mi agitación interior y además no pierdo la esperanza de que me atonte lo suficiente como para abandonarme a la paz que trae el sueño al sumirte en la inconsciencia. Aunque sospecho que los sueños se alimentan de nuestras emociones y miedos y nos obligan a enfrentarlos en sus tierras quiméricas. Y en ese caso, hoy es más enemigo que aliado mío.

miércoles, 18 de julio de 2012

►CAPÍTULO I [Parte IV]


Mi hermana Cecily entra en tromba en mi cuarto, con sus cuidados bucles rubios agitándose al lado de su bonita y redonda carita. Sus enormes ojos castaños me buscan con la mirada y cuando por fin identifica mi silueta de entre todas las sombras de la habitación corre hacia mí como una flecha, lanzándose a mis brazos y estrechándome con toda su escasa fuerza pueril.

—¡Voy a echarte muchísimo de menos! —farfulla con voz afectada, restregando su pequeño rostro contra mi hombro y humedeciéndome la ropa con las lágrimas.

—Shhh —susurró contra su oído mientras uno de mis brazos rodean su cuerpo y una mano acaricia acompasadamente su rubia coronilla—. Anda, sonríeme —le ruego dulcificando mi voz—. No me gustaría que mi último recuerdo tuyo sean tus bonitos ojos encharcados de pena. Tendría que esperar a la Navidad para poder reemplazar esa imagen por otra más alegre, a no ser que vayas a llorar cada vez que tenga que marcharme.

La escuchó hipar contra mi cuerpo, sus pequeñas manos aferrándose a la holgada tela de mis mangas acampanadas. Me está arrugando el vestido, pero no me importa.

Le dejo que siga llorando mientras le repito palabras de consuelo y mis manos tratan de tranquilizarla mediante un rítmico roce. Podría decirse que junto a Helen es la única persona a la que realmente voy a extrañar.

Cecily es la hija perfecta que mis padres siempre habían esperado de mí. Es incluso más buena de lo que ellos tenían derecho a soñar. Su personalidad es acorde a su angelical apariencia. Es tan dulce, tan cariñosa, tan alegre, obediente e inocente. Es sin duda la bella y delicada flor que la sociedad le exige que sea. Y aunque detesto a los productos de la alta sociedad, a ella jamás podría llegar a detestarla. Y no solamente por el hecho de que sea mi hermana. Su comportamiento es innatamente bondadoso y frágil; está exento de la hipocresía que muchas damas deben esgrimir para adaptarse a las exigencias de su posición. Ella es natural y verdadera. Al menos de momento. Espero que la aristocracia no la estropee demasiado.

Mi hermana levanta sus ojos castaños hasta mí. Lucen cristalinos por las lágrimas recientes, y ahora más que nunca parecen dos estrellas en pleno declive. Pero me niego a que se apaguen. Cojo su rostro entre mis manos y mis pulgares barren la humedad adherida a sus largas pestañas. Le dedico la sonrisa más amplía que puedo ofrecerle sin dejar que ésta entre en terreno forzado. Y ella se esfuerza por devolvérmela.

Durante unos momentos la miro con atención, siendo consciente de su mirada límpida, de su pequeña nariz respingona, su pequeña boca de labios carnosos y sus mejillas sonrosadas. Observo el celestial marco que supone sus rizos rubios para su preciosa cara, el modo en que estos despuntan en todas las direcciones bajo dos graciosos lacitos rosas a cada lado.

Sin duda, la existencia de Cecily supone un gran consuelo para mis padres. Y no los culpo; yo misma agradezco el hecho de tenerla. La quiero muchísimo tal y como es. Y me alegra inenarrablemente que al menos una de las dos pueda crecer feliz en este ambiente. Al fin y al cabo es lo más aconsejable ya que sé de sobra que mi resistencia a pertenecer a este mundo solamente va a causarme sufrimientos y frustraciones. Y derrota.

—¿Me escribirás? —pregunta mi pequeña con voz esperanzada.

Yo sonrió.

—Por supuesto. Es más, todas mis cartas serán solamente para ti. Ya verás, te escribiré todas las cosas maravillosas que me ocurran y en caso de que la vida real me sea demasiado insípida me inventaré bonitos cuentos de hadas y duendes.

Cecily también sonríe, muy complacida, aunque enseguida su rostro retorna a las sombras de la pena y murmura con voz quebrada y la mirada baja:

—Me apena mucho que te lleves tan mal con papá y mamá.

Yo tuerzo el gesto, pero enseguida pienso en la manera más sencilla y sutil de explicárselo.

—Verás, Cecily, nuestros padres y yo hemos llegado a un punto en el que nuestras opiniones son tan contrarias y cada uno de nosotros tan obstinado en sus creencias que no hay reconciliación posible. Al menos por el momento. —Relajo mi expresión y mis dedos peinan sus cabellos dorados—. Pero no es odio. Yo los sigo queriendo muchísimo y ellos también me quieren a mí.

—No lo entiendo —susurra Cecily con voz triste, negando con la cabeza. Sus ojos encuentran los míos—. ¿No es el amor el sentimiento más fuerte? —pregunta confundida—. Eso me enseñan los cuentos, pero si así fuera estaría por encima de vuestras diferencias.

Mis propios ojos se llenan de lágrimas, aunque tengo un dominio demasiado fuerte sobre mis emociones y consigo despacharlas a su lugar de origen: la nada. Sus palabras me han causado un terrible temor por la felicidad de mi hermana. Ella cree en el predominio de las emociones, en la importancia de los sentimientos. Me he equivocado al pensar que encajaría perfectamente en este mundo. Sin duda se sentirá profundamente decepcionada con la vida en cuanto salga de la burbuja de la infancia y tenga que prepararse para adoptar actitudes y filosofías de vida que escupen sobre los sentimientos. Quiero gritar de impotencia, abrazarla y protegerla con mi cuerpo de todo mal. Quiero llevarla lejos a un lugar donde pueda permitirse seguir soñando.

—El amor es el sentimiento más poderoso —afirmó forzando una sonrisa—. Jamás dudes de eso.

—Pero entonces… —protesta ella.

—Tan poderoso —la interrumpo yo con recobrada vitalidad— que va a hacer que también escriba a papá y mamá.

—¿De verdad? —pregunta mi hermanita con ojos brillantes de placidez.

—Sí —prometo yo.