miércoles, 18 de julio de 2012

►CAPÍTULO I [Parte IV]


Mi hermana Cecily entra en tromba en mi cuarto, con sus cuidados bucles rubios agitándose al lado de su bonita y redonda carita. Sus enormes ojos castaños me buscan con la mirada y cuando por fin identifica mi silueta de entre todas las sombras de la habitación corre hacia mí como una flecha, lanzándose a mis brazos y estrechándome con toda su escasa fuerza pueril.

—¡Voy a echarte muchísimo de menos! —farfulla con voz afectada, restregando su pequeño rostro contra mi hombro y humedeciéndome la ropa con las lágrimas.

—Shhh —susurró contra su oído mientras uno de mis brazos rodean su cuerpo y una mano acaricia acompasadamente su rubia coronilla—. Anda, sonríeme —le ruego dulcificando mi voz—. No me gustaría que mi último recuerdo tuyo sean tus bonitos ojos encharcados de pena. Tendría que esperar a la Navidad para poder reemplazar esa imagen por otra más alegre, a no ser que vayas a llorar cada vez que tenga que marcharme.

La escuchó hipar contra mi cuerpo, sus pequeñas manos aferrándose a la holgada tela de mis mangas acampanadas. Me está arrugando el vestido, pero no me importa.

Le dejo que siga llorando mientras le repito palabras de consuelo y mis manos tratan de tranquilizarla mediante un rítmico roce. Podría decirse que junto a Helen es la única persona a la que realmente voy a extrañar.

Cecily es la hija perfecta que mis padres siempre habían esperado de mí. Es incluso más buena de lo que ellos tenían derecho a soñar. Su personalidad es acorde a su angelical apariencia. Es tan dulce, tan cariñosa, tan alegre, obediente e inocente. Es sin duda la bella y delicada flor que la sociedad le exige que sea. Y aunque detesto a los productos de la alta sociedad, a ella jamás podría llegar a detestarla. Y no solamente por el hecho de que sea mi hermana. Su comportamiento es innatamente bondadoso y frágil; está exento de la hipocresía que muchas damas deben esgrimir para adaptarse a las exigencias de su posición. Ella es natural y verdadera. Al menos de momento. Espero que la aristocracia no la estropee demasiado.

Mi hermana levanta sus ojos castaños hasta mí. Lucen cristalinos por las lágrimas recientes, y ahora más que nunca parecen dos estrellas en pleno declive. Pero me niego a que se apaguen. Cojo su rostro entre mis manos y mis pulgares barren la humedad adherida a sus largas pestañas. Le dedico la sonrisa más amplía que puedo ofrecerle sin dejar que ésta entre en terreno forzado. Y ella se esfuerza por devolvérmela.

Durante unos momentos la miro con atención, siendo consciente de su mirada límpida, de su pequeña nariz respingona, su pequeña boca de labios carnosos y sus mejillas sonrosadas. Observo el celestial marco que supone sus rizos rubios para su preciosa cara, el modo en que estos despuntan en todas las direcciones bajo dos graciosos lacitos rosas a cada lado.

Sin duda, la existencia de Cecily supone un gran consuelo para mis padres. Y no los culpo; yo misma agradezco el hecho de tenerla. La quiero muchísimo tal y como es. Y me alegra inenarrablemente que al menos una de las dos pueda crecer feliz en este ambiente. Al fin y al cabo es lo más aconsejable ya que sé de sobra que mi resistencia a pertenecer a este mundo solamente va a causarme sufrimientos y frustraciones. Y derrota.

—¿Me escribirás? —pregunta mi pequeña con voz esperanzada.

Yo sonrió.

—Por supuesto. Es más, todas mis cartas serán solamente para ti. Ya verás, te escribiré todas las cosas maravillosas que me ocurran y en caso de que la vida real me sea demasiado insípida me inventaré bonitos cuentos de hadas y duendes.

Cecily también sonríe, muy complacida, aunque enseguida su rostro retorna a las sombras de la pena y murmura con voz quebrada y la mirada baja:

—Me apena mucho que te lleves tan mal con papá y mamá.

Yo tuerzo el gesto, pero enseguida pienso en la manera más sencilla y sutil de explicárselo.

—Verás, Cecily, nuestros padres y yo hemos llegado a un punto en el que nuestras opiniones son tan contrarias y cada uno de nosotros tan obstinado en sus creencias que no hay reconciliación posible. Al menos por el momento. —Relajo mi expresión y mis dedos peinan sus cabellos dorados—. Pero no es odio. Yo los sigo queriendo muchísimo y ellos también me quieren a mí.

—No lo entiendo —susurra Cecily con voz triste, negando con la cabeza. Sus ojos encuentran los míos—. ¿No es el amor el sentimiento más fuerte? —pregunta confundida—. Eso me enseñan los cuentos, pero si así fuera estaría por encima de vuestras diferencias.

Mis propios ojos se llenan de lágrimas, aunque tengo un dominio demasiado fuerte sobre mis emociones y consigo despacharlas a su lugar de origen: la nada. Sus palabras me han causado un terrible temor por la felicidad de mi hermana. Ella cree en el predominio de las emociones, en la importancia de los sentimientos. Me he equivocado al pensar que encajaría perfectamente en este mundo. Sin duda se sentirá profundamente decepcionada con la vida en cuanto salga de la burbuja de la infancia y tenga que prepararse para adoptar actitudes y filosofías de vida que escupen sobre los sentimientos. Quiero gritar de impotencia, abrazarla y protegerla con mi cuerpo de todo mal. Quiero llevarla lejos a un lugar donde pueda permitirse seguir soñando.

—El amor es el sentimiento más poderoso —afirmó forzando una sonrisa—. Jamás dudes de eso.

—Pero entonces… —protesta ella.

—Tan poderoso —la interrumpo yo con recobrada vitalidad— que va a hacer que también escriba a papá y mamá.

—¿De verdad? —pregunta mi hermanita con ojos brillantes de placidez.

—Sí —prometo yo.

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