No
dispongo de mucho tiempo. Los escucho venir por mí, enarbolando gritos de
guerra como bandera y propulsados por la esperanza de extinguir mi vida. Me
siento impotente. No es algo para lo que esté preparada.
Esto
que está sucediendo jamás podría haberlo previsto y no tengo mecanismos de
defensa factibles que emplear contra ellos. Lo único que queda por hacer es
rezar. Pero, ¿cómo apelar a esa opción? Podría decirse que me refugio en el
mismísimo Infierno y tratar de acceder al perdón de Dios bien podría acelerar
el proceso de muerte. Personalmente me sentiría indignada en su lugar ante
tamaña insolencia.
Cierto
es que las circunstancias que me rodean no han sido elección mía; sin embargo,
tampoco he puesto especial empeño en alejarme de aquí y dejar de exponer mi
alma a las corrientes tóxicas que envenenan el aire. El mal parece haberse
condensado en vaho negro que tiñe el espíritu y contamina la pureza de quienes
lo respiran.
Ya
no queda nadie digno del Cielo aquí. Ya no queda más que implorar a un Demonio
cuya principal diversión consiste en presenciar y jactarse de las desgracias
humanas.
Ya
no queda esperanza de vida.
La
muerte se acerca para todos.
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