miércoles, 29 de agosto de 2012

Capítulo IV [Parte III]


—Es un retrato que resulta inconcebiblemente atrayente —comenta una voz femenina desde algún lugar cercano—. ¿No está de acuerdo?

Me sobresalto y levanto la cabeza hacia el tramo que conduce al ala este, donde descubro a una joven en lo alto de las escaleras. Es una adolescente muy hermosa, de cabellos rubios y mirada astuta de color zafiro. Su piel es extremadamente nívea. Solamente un rubor encantador, como rosas despertando del letargo de su invernal piel, irrumpen en su perfecta palidez.

—El silencio es una respuesta juiciosa cuando se desconoce la identidad del interlocutor, aunque tenga cuidado: también puede considerarlo una grosería cualquiera más sensible que yo. Por ello un comentario diplomático es siempre lo más acertado. Sin embargo, mi carácter me hace estar más inclinada a felicitarla por haber salido airosa de un intento de conversación que bien podría haberse tratado de una trampa. Por lo que, si bien tiene tendencias que pueden mejorarse, al menos no posee graves inconvenientes que corregir. Coincidirá conmigo cuando le digo que siempre es más fácil adoptar nuevas costumbres que desembarazarse de las que ya se poseen. Así que me atrevo a asegurarle que se encuentra en un punto de partida bastante bueno para llegar a ser el tipo de muchacha avispada que algún día alcanzará una posición encumbrada —dice ella. Sus vivaces ojos me miran desde arriba, acompañados por una sonrisa intrigante que me impide sentirme cómoda en su presencia.

—¿Ha reflexionado tantas cosas acerca de mí teniendo a mi tendencia al silencio como único dato para basar sus predicciones? —digo con voz cortante bajo la sombra de la desconfianza. Es una muchacha segura de sí misma y muy hábil a la hora de manejarse con la palabra. Pero desconfío de los motivos que la llevan a prestarme tanta atención. Dudo de haberle dado indicios de desear su conversación, y estoy segura de que tiene personas mejores a las que ofrecer sus discursos. Personas que al menos muestren agradecimiento por su atención. Sin embargo yo no soy ese tipo de persona. Es cierto que existen individuos que poseen una amabilidad innata que les empuja a ser considerablemente atentos con las personas de su entorno, pero la desconocida que tengo frente a mí no da la sensación de tener ese motivo ineludible.

—Vivimos en un mundo de halagos fáciles, pero más cumplidores qué sinceros. Y es de mala educación cuestionarlos —contesta ella con un deje de mofa—. Personalmente me ofende la gente que desprecia de un modo tan áspero mi amabilidad.

Yo parpadeo perpleja. Tal vez esas artimañas le sirvan con una joven a quien le importe su amistad, pero ya he decidido que no me interesa tenerla como amiga. Es sin duda alguien dominante y manipuladora si en un minuto de conversación ya ha logrado ponerme en la situación de tener que disculparme con ella y ponerme al servicio de su complacencia.

—Lamento tener que decirle que el conocimiento de su ofensa no va a arrancarme ninguna disculpa y mucho menos algún enmiendo. No retiro nada de lo dicho.

Si alguna vez he tenido la posibilidad de que me acepte como su compañera, acabo de perderla. Lo veo en su mirada; sus ojos han cambiado. Ya no son evaluadores y tibios. Ahora son fríos y calculadores. Y su sonrisa, aunque no ha desaparecido, ha adoptado un matiz que responde a una satisfacción perversa. Su expresión enciende una alarma en mí. Pero ya es tarde.

—Tiene un modo curioso de integrarse —dice simplemente—. No debería tirar piedras sobre su propio tejado.

Yo no respondo. La miro en silencio. Y ella lo interpreta del modo conveniente para decir su siguiente frase, la cual consigue erizarme el vello:

—Tal vez no sea realmente consciente de la importancia de ganarse mi simpatía, pero no se preocupe; yo la ayudaré a darse cuenta.

El retumbar de unos pasos que se acercan llega hasta nosotras, y casi inmediatamente surge Abigail del vano del vestíbulo seguida de la mujer del cuadro, la señora Haveford. Ambas nos detectan en las escaleras y se paran frente a nosotras, justo antes del inicio de la escalera.

—Miss Nightsin —dice la directora. Sus ojos me evalúan a través de unas lentes rectangulares, y me obligo a no temblar ante su escrutinio. Su mirada parece atrapar algo más que los relieves de mi silueta,… parece absorber cada secreto, cada pensamiento de mi mente. Es una sensación fría y desagradable, pero la afronto con la mayor serenidad que soy capaz de mostrar—. La esperábamos ayer por la tarde —comenta mientras sus ojos acaban su inspección en mi rostro, clavándome una mirada afilada.

—Lo siento —contestó yo—. Fue un viaje impredecible. —No añado más.

Ella no se molesta en decir nada ni hacer ningún gesto que me indique que su mente ha recibido mis palabras. Es como si jamás hubiera esperado una respuesta; como si solo hubiera sacado el tema para que me avergonzara de mi impuntualidad sin que me diera la opción de excusarme.

Su mirada se desvía hacia la desconocida que me ha amenazado, y con asombro y un mal presentimiento soy testigo de la transformación de su expresión. Sus ojos se suavizan y su boca se relaja en lo que en ella parece una sonrisa.

—Señorita Peterson —saluda con una voz mucho menos áspera—. Si no me equivoco, a esta hora suele estar bordando al mando de la señora Graham —a pesar de las palabras, su tono no es el propio para una reprimenda.

La señorita Peterson esboza una sonrisa encantadora.

—Como siempre, no hay persona que la iguale estando al tanto de todo cuanto está bajo su mando, señora Haveford —dice la rubia hipócrita con voz aduladora—. Es un privilegio estar bajo la responsabilidad de alguien tan atento. —Sonrisa—. Y soy lo suficientemente consciente de ello como para apreciarlo del debido modo, por lo que mi presencia fuera del aula tiene un motivo suscrito por la señora Graham. Me disponía a cortar una rosa del jardín delantero, a fin de que me sirviera de modelo para bordar la flor en el cojín que estoy cosiendo. —Otra sonrisa—. Me considero una gran admiradora de las rosas, y mi pasión por ellas ha hecho que aprecie a cada una de ellas de un modo singular, y ha alentado en mí el convencimiento de que cada una de ellas posee un encanto único. Pero temía que mi imaginación no supiera expresar su belleza del mismo modo que un vivo ejemplo.

—¿Un vivo ejemplo? —replico yo, molesta por la labia de mi compañera—. Una vez la arrancas de la tierra la rosa muere.


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