—Es un retrato que resulta inconcebiblemente atrayente
—comenta una voz femenina desde algún lugar cercano—. ¿No está de acuerdo?
Me sobresalto y levanto la cabeza hacia el tramo que
conduce al ala este, donde descubro a una joven en lo alto de las escaleras. Es
una adolescente muy hermosa, de cabellos rubios y mirada astuta de color
zafiro. Su piel es extremadamente nívea. Solamente un rubor encantador, como
rosas despertando del letargo de su invernal piel, irrumpen en su perfecta
palidez.
—El silencio es una respuesta juiciosa cuando se
desconoce la identidad del interlocutor, aunque tenga cuidado: también puede
considerarlo una grosería cualquiera más sensible que yo. Por ello un
comentario diplomático es siempre lo más acertado. Sin embargo, mi carácter me
hace estar más inclinada a felicitarla por haber salido airosa de un intento de
conversación que bien podría haberse tratado de una trampa. Por lo que, si bien
tiene tendencias que pueden mejorarse, al menos no posee graves inconvenientes
que corregir. Coincidirá conmigo cuando le digo que siempre es más fácil
adoptar nuevas costumbres que desembarazarse de las que ya se poseen. Así que me
atrevo a asegurarle que se encuentra en un punto de partida bastante bueno para
llegar a ser el tipo de muchacha avispada que algún día alcanzará una posición
encumbrada —dice ella. Sus vivaces ojos me miran desde arriba, acompañados por
una sonrisa intrigante que me impide sentirme cómoda en su presencia.
—¿Ha reflexionado tantas cosas acerca de mí teniendo a mi
tendencia al silencio como único dato para basar sus predicciones? —digo con
voz cortante bajo la sombra de la desconfianza. Es una muchacha segura de sí
misma y muy hábil a la hora de manejarse con la palabra. Pero desconfío de los
motivos que la llevan a prestarme tanta atención. Dudo de haberle dado indicios
de desear su conversación, y estoy segura de que tiene personas mejores a las
que ofrecer sus discursos. Personas que al menos muestren agradecimiento por su
atención. Sin embargo yo no soy ese tipo de persona. Es cierto que existen
individuos que poseen una amabilidad innata que les empuja a ser
considerablemente atentos con las personas de su entorno, pero la desconocida
que tengo frente a mí no da la sensación de tener ese motivo ineludible.
—Vivimos en un mundo de halagos fáciles, pero más
cumplidores qué sinceros. Y es de mala educación cuestionarlos —contesta ella
con un deje de mofa—. Personalmente me ofende la gente que desprecia de un modo
tan áspero mi amabilidad.
Yo parpadeo perpleja. Tal vez esas artimañas le sirvan
con una joven a quien le importe su amistad, pero ya he decidido que no me
interesa tenerla como amiga. Es sin duda alguien dominante y manipuladora si en
un minuto de conversación ya ha logrado ponerme en la situación de tener que
disculparme con ella y ponerme al servicio de su complacencia.
—Lamento tener que decirle que el conocimiento de su
ofensa no va a arrancarme ninguna disculpa y mucho menos algún enmiendo. No
retiro nada de lo dicho.
Si alguna vez he tenido la posibilidad de que me acepte
como su compañera, acabo de perderla. Lo veo en su mirada; sus ojos han
cambiado. Ya no son evaluadores y tibios. Ahora son fríos y calculadores. Y su
sonrisa, aunque no ha desaparecido, ha adoptado un matiz que responde a una
satisfacción perversa. Su expresión enciende una alarma en mí. Pero ya es
tarde.
—Tiene un modo curioso de integrarse —dice simplemente—.
No debería tirar piedras sobre su propio tejado.
Yo no respondo. La miro en silencio. Y ella lo interpreta
del modo conveniente para decir su siguiente frase, la cual consigue erizarme
el vello:
—Tal vez no sea realmente consciente de la importancia de
ganarse mi simpatía, pero no se preocupe; yo la ayudaré a darse cuenta.
El retumbar de unos pasos que se acercan llega hasta
nosotras, y casi inmediatamente surge Abigail del vano del vestíbulo seguida de
la mujer del cuadro, la señora Haveford. Ambas nos detectan en las escaleras y se
paran frente a nosotras, justo antes del inicio de la escalera.
—Miss Nightsin —dice la directora. Sus ojos me evalúan a
través de unas lentes rectangulares, y me obligo a no temblar ante su
escrutinio. Su mirada parece atrapar algo más que los relieves de mi silueta,…
parece absorber cada secreto, cada pensamiento de mi mente. Es una sensación
fría y desagradable, pero la afronto con la mayor serenidad que soy capaz de
mostrar—. La esperábamos ayer por la tarde —comenta mientras sus ojos acaban su
inspección en mi rostro, clavándome una mirada afilada.
—Lo siento —contestó yo—. Fue un viaje impredecible. —No
añado más.
Ella no se molesta en decir nada ni hacer ningún gesto
que me indique que su mente ha recibido mis palabras. Es como si jamás hubiera
esperado una respuesta; como si solo hubiera sacado el tema para que me
avergonzara de mi impuntualidad sin que me diera la opción de excusarme.
Su mirada se desvía hacia la desconocida que me ha
amenazado, y con asombro y un mal presentimiento soy testigo de la
transformación de su expresión. Sus ojos se suavizan y su boca se relaja en lo
que en ella parece una sonrisa.
—Señorita Peterson —saluda con una voz mucho menos
áspera—. Si no me equivoco, a esta hora suele estar bordando al mando de la
señora Graham —a pesar de las palabras, su tono no es el propio para una
reprimenda.
La señorita Peterson esboza una sonrisa encantadora.
—Como siempre, no hay persona que la iguale estando al
tanto de todo cuanto está bajo su mando, señora Haveford —dice la rubia
hipócrita con voz aduladora—. Es un privilegio estar bajo la responsabilidad de
alguien tan atento. —Sonrisa—. Y soy lo suficientemente consciente de ello como
para apreciarlo del debido modo, por lo que mi presencia fuera del aula tiene
un motivo suscrito por la señora Graham. Me disponía a cortar una rosa del jardín
delantero, a fin de que me sirviera de modelo para bordar la flor en el cojín
que estoy cosiendo. —Otra sonrisa—. Me considero una gran admiradora de las
rosas, y mi pasión por ellas ha hecho que aprecie a cada una de ellas de un
modo singular, y ha alentado en mí el convencimiento de que cada una de ellas
posee un encanto único. Pero temía que mi imaginación no supiera expresar su
belleza del mismo modo que un vivo ejemplo.
—¿Un vivo ejemplo? —replico yo, molesta por la labia de
mi compañera—. Una vez la arrancas de la tierra la rosa muere.
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