jueves, 9 de agosto de 2012

►CAPÍTULO III [Parte II]


Caminamos un corto tramo en silencio, envueltos por la musicalidad de la naturaleza, escuchando nuestros pasos estallando en la hojarasca y con los pájaros entonando nuestro avance. Y de pronto él se detiene y mira en dirección a mis ocupadas manos.

—Puedo ayudarte si te pesa.

Yo asiento.

—Lo cierto es que agradecería un poco de ayuda.

Él no necesita más para acercarse a mí y arrebatarme la bolsa.

Él marcha delante, siguiendo el mismo ritmo vigoroso, sin que el añadido del peso de la maleta suponga ninguna objeción para continuar manteniendo la acelerada cadencia de sus zancadas.  Es un muchacho fuerte; ayer quedó indiscutiblemente claro cuando pudo liberarme de un solo puñetazo.

—Gracias por defenderme ayer —digo cuando mi mente rememora el momento.

Él no se gira. Continúa delante de mí; avanzando rápido, sin detenerse ni una sola vez a evaluar sus opciones. Es como si siguiese una senda perfectamente definida, y no como si estuviera atravesando un bosque homogéneo de árboles casi idénticos. Es como si escuchara al viento y éste le guiara. Me fascina.

—Ya me lo agradeciste ayer —dice.

—Lo sé. Pero no considero que las palabras puedan expresar el alivio inmenso que me causó tu intromisión.

—No habrías manchado tu reputación; allí nadie te conocía. Podrías haberte reincorporado a la estela dorada que es tu vida sin problemas —comenta con un deje de mofa, aún dándome la espalda por entero.

Aquel comentario sumamente despectivo me cae como una bofetada.

—¿No se te ha ocurrido que mi prioridad anoche fuera salvarme de una situación tan desagradable y no así salvaguardar mi buen nombre? —digo con voz neutra, citando a la lógica.

Aedan ladea la cabeza y por fin me mira por encima del hombro. Pero su expresión denota mofa.

—La escala de valores de las mujeres de tu clase jamás siguen un patrón razonable.

—No pareces el tipo de hombre que se relacione lo suficiente con “las mujeres de mi clase” como para basar tus teorías en datos empíricos. Y antes de que me acuses de desvalorizarte, te diré que me fundamento más en decir esto en tu evidente falta de interés que en otra cosa.

—Es cierto que no me interesa lo más mínimo la alta sociedad y sus integrantes; sin embargo he tenido la ocasión de observaros lo suficiente como para hacer juicios tan contundentes sin caer en la precaria falta del prejuicio.

—Sin duda tu acertada forma de expresarte me advierte sobre la verdad de tus palabras.

—¿Insinúas que por llevar una cazadora desgastada mi nivel intelectual es forzosamente inferior al tuyo? Típica opinión de tu círculo social.

—No me malinterpretes —me defiendo. La discusión ha abandonado hace rato el tono neutro por mi parte, y siento un acaloramiento que hacía mucho no experimentaba y que se refleja en mis pasos, que han acelerado el ritmo y me acercan más a su volteada espalda—. No sugiero que la inteligencia de los jornaleros sea menor. La inteligencia y la cultura son cosas diferentes y las personas acaudaladas no tienen más aptitudes para cultivar su mente pero sí poseen más facilidades para ello. Y yo simplemente me he limitado a elogiar tu retórica, la cual me ha parecido el resultado de una rica educación; si bien tus modales están enajenados de la sutileza hipócrita de la clase alta.

Estoy cerca de él. Solo nos separan un par de zancadas.

Él se detiene un momento y a punto estoy de colisionar contra su hombro izquierdo. Me detengo bruscamente, poniendo en peligro mi equilibrio. De repente parece más soportable precipitarme al suelo que entrar en contacto con él.

Su rostro, a diferencia del mío, mantiene las facciones bajo un velo calmado, y no hay signos en él de estar manteniendo una discusión. En cambio, sus cejas descansan serias sobre sus ojos impenetrables, aunque su boca no adopta una serenidad tan firme y sus comisuras parecen querer rendirse a una sonrisa burlona.

—Pues parece ser que lo único que yo tengo para elogiarte es tu facilidad de réplica y tu capacidad para resultar menos aburrida que la gran mayoría de las nobles damas.

Nuestras miradas se cruzan durante unos largos segundos.

—Lo cierto es que no acostumbro a ser muy habladora; pero no puedo evitar reaccionar ante injustas acusaciones como las tuyas —digo finalmente.

—Y yo no puedo respaldar tu vehemente defensa. Aún no he obtenido demostración alguna que te distinga de las demás señoritas.

—¿No te parece suficiente el que te haya expresado mi más sinceros agradecimientos por haberme liberado ayer de una situación ciertamente embarazosa?

—Es verdad que me lo has agradecido, pero no como corresponde a alguien que se siente gratificada por la bondad desinteresada, sino como una altiva señorita que considera que su posición elevada obliga al resto del mundo a complacerla.

Yo parpadeo perpleja, y digiero con dificultad sus palabras.

—Soy sincera cuando te aseguro que no soy de esas gentes que se esfuerzan al máximo por marcar la línea que separa a la aristocracia del pueblo llano.

—Y sin embargo haces distinciones marcadas cuando te conduces con la palabra.

—Solo hago uso de ello para exponerte mis ideas, no para retratar una vanidosa opinión propia de la aristocracia que insistes en achacarme.

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