domingo, 26 de agosto de 2012

Capítulo IV [Parte II]


Aún estoy absorta en mi primera impresión con Thornrose pero soy consciente de la presencia de Aedan a mi lado aunque se conduce con sigilo. Aún y todo enseguida desconecto y me dejo mecer por la sensación inquieta y desoladora que me embebe a la vez que estudio la fachada, el jardín y la verja en busca de nuevos detalles que se me hayan pasado por alto en mi ansioso escrutinio anterior.

Cuando consigo liberarme un poco del influjo de Thornrose me encuentro con que Aedan ha desaparecido. Miro a mi alrededor, esperando encontrarlo en algún lugar insospechado, observando. Tiene la natural cualidad del sigilo y sabe ver sin ser observado e intervenir en caso de que considere que puede sacar provecho de la situación, como hizo conmigo en la posada. Aquel pensamiento acaba en una punzada de resentimiento.

Pero no hallo rastro de él. Lo único que encuentro es mi solitaria maleta en el suelo, muy cerca de mí. La cojo y echo un último vistazo a mi alrededor. Ya es media mañana y el sol está en camino de alcanzar su cenit, dotando de brillantez todo lo que abarca su mirada. Los árboles parecen haber crecido con el único propósito de recibir su cálida bendición y dejan que sus escamas rojas y naranjas se doren y se iluminen como tímidas estrellas.

De alguna manera me siento como si me estuviera despidiendo de algo. Todavía soy una desconocida en aquel lugar. Todavía nadie puede asociarme con la futura alumna del colegio a la que esperan. Todavía tengo la ocasión de renegar de las exigencias que pronto me esclavizarán por formar parte de sus dominios. Todavía estoy a tiempo de sentirme un poco más libre de lo que me sentiré dentro de unos momentos, cuando ellos memoricen mi nombre y mis rasgos y me incluyan entre las alumnas a las que moldear como una pieza uniforme más de la sociedad. Todavía estoy a tiempo de no figurar como alguien a quien vigilar constantemente y a quien censurar sus esperanzas.

Esbozo un triste suspiro y me enfrento a mi destino. Las puertas de la valla es tán abiertas y recorro el sendero de entrada hasta las puertas principales. Descargo mis puños contra la pesada madera y aguardo.

—¿Quién va? —Una voz de mujer grita desde el interior, pero abre una de las puertas sin esperar respuesta. Por un momento su rostro enrojecido y rubicundo de ojos azules luce extrañado, pero enseguida conecta todas las ideas de manera adecuada y su rostro se ilumina, reconociéndome.— Usted debe ser miss Nightsin —exclama con exagerada emoción—. Pase, pase.

La cofia blanca que lleva ajustada sobre sus cabellos cenicientos me revela que se trata de una criada. Sus ropas, humildes pero elegantes, la distinguen como un miembro de rango superior dentro de su condición. Muy probablemente se trate del ama de llaves.

Paso al interior y me doy de bruces con un amplio vestíbulo de baldosas mate en color  granate, adornadas con variados motivos florales.  Al fondo veo una gran escalera centrada, cuyos extremos se curvan hacia fuera, ensanchando su boca. Ambos extremos del pasamanos de manera barnizada se rematan con volutas. La escalera sigue una forma en Y; el primer tramo da a un amplio descansillo donde las escaleras se bifurcan y llevan al ala este o a la oeste.

—Espere aquí, señorita —me pide la mujer. Su cuerpo avanza en dirección al vano del lado derecho del hall, que parece dar a un pasillo repleto de puertas. Antes de desaparecer del todo, se gira para mirarme con gesto amable—. Por cierto, soy Abigail, el ama de llaves. No dude en consultarme cualquier duda que le surja. Estaré encantada de orientarla lo mejor que pueda.

Yo asiento con la cabeza. En cuanto su voluminosa figura escapa a mis ojos, continuó examinando el vestíbulo y los elegantes muebles de madera y adornos lujosos que lo visten. Pero lo que finalmente atrapa toda mi atención es el retrato a gran escala que pende de la pared del descansillo de la escalera. Ensimismada, subo los primeros peldaños y me detengo frente a él, estudiando los angulosos rasgos de la mujer. Aparenta una edad comprendida entre los 40 y los 50. No es una mujer hermosa, pero posee una seguridad palpable y una fuerza de voluntad que se manifiesta en sus ojos y su barbilla erguida que captan la atención. Su cabello es oscuro a  juego con sus ojos, y contrastan con su piel pálida y fría. Sí, fría. Sé que no puedo sacar semejante apreciación de un estudio visual a un cuadro inanimado, pero es una sensación intensa que me transmite y que no puedo evitar emplear para describirla.

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