Nuestros ojos continúan en contacto. No se han despegado
mientras dejábamos volar las palabras que nacían con un nuevo ardor en nuestras
gargantas. Aún permanecemos quietos, mirándonos en medio del bosque,
extendiéndose a nuestro alrededor toda la vegetación como un laberinto
impenetrable.
—¿Qué precio pondrías a tu liberación? —pregunta él de
pronto, escrutando con vivo interés mi rostro mientras formula la cuestión.
Mi boca por poco no se desencaja del asombro.
—¿Insinúas que tengo que recompensarte por tu ayuda?
Él asiente.
Yo me asombro más aún ante tan clara confirmación de algo
que considero grosero además de poco humano.
—Yo jamás exigiría ningún pago por algo así; sentiría que
la certeza de haber sosegado un alma sería más que suficiente recompensa
—respondo.
—Esas palabras no tienen mucho peso viniendo de alguien
cuyo destino es ser salvada y tener la opción de desentenderse de la miseria
ajena.
—Te olvidas de que a veces no se necesitan situaciones
precarias para solicitar ayuda. Existen muchas clases de tormento y con
frecuencia los más tóxicos son aquellos que han de llevarse en silencio y con
discreción —murmuro. La certeza de que he revelado algo demasiado personal
inquieta mi alma.
Él no es estúpido y se ha dado cuenta de que mis palabras
son solo el umbral de una revelación que tiene muy poco de hipotético. De
pronto su mirada me incomoda de tan vulnerable como yo me siento. No me gusta
que traten de sondear en mis ojos en busca de cosas que he enterrado a ojos
ajenos y que solo me atrevo a sacar brillo en total soledad.
—¿Cuánto dinero exiges? —pregunto bruscamente, queriendo
desviar su atención del fondo de mis ojos.
Lo consigo y sus ojos dejan de emitir esa intensidad que
ha estado a punto de desestabilizarme.
—No quiero dinero —replica él con las cejas muy juntas,
ceñudo—. Siempre he mantenido que solo enriquece la pobreza de espíritu.
Yo lo miro en silencio, esperando una explicación más
extensa. Por un momento temo que lo que tenga en mente se incline por
derroteros obscenos, pero es un pensamiento que muere apenas se ha formado.
Algo que no puedo explicar, una sensación tan abstracta como certera, me
advierte de que la naturaleza de sus propósitos responde a una extravagancia
que está más allá de mi imaginación. Sin embargo, no tengo miedo de lo que
pretende reclamar. Sino una excitante curiosidad.
Su semblante se mantiene sereno y pensativo por unos
momentos que se me hacen eternos mientras la curiosidad me aguijonea.
—Aún no te conozco lo suficiente como para deliberar que
cualidad tuya me puede ser más útil algún día.
—Así que el tiempo y la intriga orquestan la situación
—resumo yo reprimiendo mi incredulidad.
—Así es. Al menos hasta nuevo aviso. —Sus labios esbozan
una media sonrisa y tras una mirada indescifrable retoma la marcha, volviendo a
su posición de pionero.
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