—Ya hemos llegado —informa Aedan.
No ha dicho palabra hasta este preciso momento desde que
discutiéramos; y yo tampoco.
Siempre me he considerado una persona observadora, que
disfruta de la naturaleza, sobre todo la que viste los bosques. Son zonas
independientes cuyas plantas se alimentan de rayos de sol y de su propia
astucia para supervivir. Son áreas que están más allá del control humano y que
florecen bajo sus propios dictados, y cubren de vegetación cada recoveco,
encaramándose a cualquier superficie que consideren mínimamente habitable.
Siempre me recuerda lo hermoso que sabe ser el mundo por sí mismo, y lo
insignificante que es la humanidad al lado de una belleza tan silvestre y
magnífica. Y son pensamientos que colman de placidez mi alma y que me encanta
reproducir mientras mis ojos absorben la naturaleza que me rodea, sometiendo mi
entorno a un escrutinio tan distraído y a la vez concentrado que capte detalles
que necesitan de más atención que un simple golpe de vista; hasta poder personalizar
el recuerdo de ese lugar dotándolo de pinceladas específicas que lo hagan
único.
El trayecto en silencio que hemos recorrido lo he ocupado
en reflexiones de esa índole, además de en ser consciente de la fascinante
intriga que me provoca mi guía. Es sin lugar a dudas la persona más
impredecible y enigmática que he conocido en mi vida, y eso hace que me
interese de un modo casi obsesivo.
Ahora ha llegado el momento de abandonar la fantasía que
me ha acompañado durante todo el camino, aquella que aún se esfuerza por
convencerme de que aquel paseo tiene como único propósito deleitar mis sentidos
y no acudir a la fatal cita con mi destino. Sin embargo ha llegado la hora de
darle la mano a la realidad y serenarme.
El último tramo se empina cuesta arriba frente a mí, y
semejante rasante me impide descubrir el colegio entre la espesura del bosque.
Lo único que veo es a Aedan de espaldas a pocos metros de mí, sumido en una
quietud contemplativa. Mis pies tratan de acelerar el paso y me ayudo
agarrándole a los troncos más próximos que bordean la pendiente de suelo
irregular, tratando de impulsarme con más seguridad y rapidez. Voy mirando al
suelo, asegurándome de no dar un paso en falso, y por ello me pilla por sorpresa
sentir la grande y cálida mano de Aedan posándose sobre una de las mías, aún
encaramada a la corteza de un árbol. Levanto los ojos; su expresión es serena.
Estoy ya muy cerca de la cima, muy cerca de él. Él me obliga a soltar el árbol
y me ofrece su mano, y de un suave pero enérgico tirón me lleva hasta él, hasta
la cumbre de la ladera. Es la primera vez que nuestros cuerpos entran en
contacto. Y resulta extraño pero agradable.
La insólita tregua de la distancia autoimpuesta entre
nosotros llega muy pronto a su fin, y una vez considera que guardo bien el
equilibrio me suelta. Pero aún nuestros cuerpos permanecen muy cerca. Trato de
distraerme de la rara sensación de saberlo próximo y busco el colegio con la
mirada. Se alza enorme frente a mí, sin que ni una mísera hilera de árboles lo
esconda a la vista. Está asentado sobre el alto de una montaña, sembrado en el
centro de un amplio claro.
Sin ser demasiado consciente de lo que hago, dejo que mis
pasos me acerquen al edificio, examinando con ansia cada elemento de la
gigantesca mansión que va a ser mi hogar por mucho tiempo. A cada zancada un
nuevo detalle me entra por los ojos y contribuye a la desfavorable opinión que
voy formándome sobre el lugar.
Da la sensación de tratarse de un lugar frío. Sus paredes
han sido recientemente reemplazadas; los rojizos ladrillos forman una pared
lisa y uniforme, exudando elegancia y clase. Apenas han transcurrido diez años
desde su reforma y desde que volviera a recuperar su carácter de colegio
femenino, basando su renovado éxito en el prestigio que cosechara hace más de
sesenta años. Ya sobrepasa el medio siglo la fecha de su inicial fundación y si
había habido un parón en honor a reformarlo había sido por pura necesidad, ya
que hacía aproximadamente cincuenta años un incendio calcinó sus muros hasta
reducirlos a poco más que polvo. Solamente había sobrevivido al fuego el ala
oeste del colegio y al parecer habían decidido mantenerlo intacto. Sus paredes
ennegrecidas y hechas de bastos bloques de piedra imperfectamente superpuestos
contrastan con el resto del caserón y ensalzan el aire sombrío que ya posee por
sí solo, con un estilo arquitectónico realmente extravagante, esencialmente
victoriano pero con marcados retazos góticos que se adivinan en el ala oeste.
Las dos alas parten desde el centro de las paredes laterales del bloque
central, que es como un gigantesco ladrillo, imponente y sólido. Las nuevas
fachadas son extremadamente elaboradas. Me recuerda a un castillo medieval, ya
que los extremos del bloque central son salientes y parecen medio cilindro
pegado a una lisa superficie, como si fueran dos torreones. Posee dieciséis
enormes ventanas alineadas horizontalmente a lo largo de dos pisos. Diviso la
entrada principal, custodiada de amplios vanos, en el centro del frontispicio,
con un saliente y blanco dintel que recuerda a los frontones clásicos
triangulares. El tejado del bloque es horizontal y, si no está coronado por
almenas, si lo está por una banca balaustrada de piedra.
El ala este sigue un patrón muy similar. Su fachada es de
ladrillo rojizo y los ventanales son de grandes dimensiones y sobriamente
rectangulares además de cuantiosos, enmarcados con elegantes diseños de talla
en piedra, y con estructuras verde oscuro que dividen el cristal en dieciocho
cuadrados perfectos. Su única particularidad en relación con el bloque central
es el tejado, que es como la base de una pirámide a la que le hubieran cortado
el pico, solo que tan alargada que bien las imaginarias dimensiones totales de
ella podían haber sido propias del palacio de Cleopatra. La parte superior del
techo es una lisa plataforma bordeada por una baja balaustrada de hierro que recuerda
a una tira de fino encaje negro. De allí parten las cuatro caras laterales de
un brillante tono grisáceo. La techumbre está adornada con chimeneas de piedra
envejecida y más ventanas, estás más pequeñas y menos alargadas.
Pese a ser la parte más desagradable del colegio, lo
cierto es que el ala oeste es lo más impresionante del edificio y ejerce una
lúgubre fascinación en aquel que lo mira. A su lado, las rojas paredes, los
elegantes balcones adornados de flores y las rectangulares y encantadoras sencillas
ventanas del resto de la casa se ven insípidas y faltas de atractivo. En cambio
me fascina la sensación añeja que me reporta mirar el ala oeste, casi como una
oleada de polvo con olor a moho. Si suena desagradable, pero es una perfecta
descripción -con la diferencia de que el impacto visual ejerce una influencia
agradable en mí- de lo que me invade cuando contemplo sus ventanales acabados
en pico, la balaustrada del techo que imitan a las almenas medievales, las
atalayas que se encaraman a la fachada, majestuosas y melancólicas. Ese es sin
duda uno de los detalles góticos más emblemáticos, los dos torreones que se
erigen alineados sobre dos de las esquinas superiores del ala. Ambos son
idénticos, con sus cónicos tejados escarpados acabados en una punta larga y
afilada y las grotescas gárgolas sobresaliendo de él; con sus amplias ventanas
de arcos ojivales divididas por un parteluz; con la luz lunar que cada noche se
filtraría en su oscuro y desolado interior.
Lo siguiente que examino es el jardín delantero que tengo
frente a mí. La entrada principal del colegio es afrancesada, con puertas
dobles absolutamente de madera pero con altorrelieves de flores que compensan
la falta de suntuosas cristaleras. Estos siguen diseños simétricos entintados
de dorado que destacan sobre la madera pintada de blanco. Ésta se encuentra en el bloque central y
frente a ella se extienden un par de peldaños que llevan al camino principal,
cubierto de gravilla y que conduce a la encumbrada verja negra que rodea el
edificio y parte del terreno formando un rectángulo. Personalmente la valla me parece un detalle
innecesario y poco práctico frente a la protección natural que brinda la
espesura del bosque. Aunque es probable que el bosque no sea el compañero
amistoso que me empeño en suponer y albergue peligros de los que es
recomendable guardarse.
Observo otro detalle que reclama mi atención: el camino
de entrada está franqueado por parterres que acunan rosales blancos. Por
supuesto, mi extrañeza no se basa en la especie escogida, es bien sabido que
las rosas blancas como aquellas son una flor aconsejable para ornar el entorno
de una dama grácil y respetable. De hecho, es una flor predecible para adornar
un lugar como aquel. Sin embargo, el jardín parece dormido, descuidado. Las rosas
crecen salvajes, no parecen haber sido podadas jamás. Muchas se resguardan bajo
un laberinto de tallos espinosos que la protegen de la vanidad exterior, de
aquellas manos humanas que quieren adueñarse de su belleza y matar su esplendor
por envidia.
Lo que me intriga es que parece tratarse de una dejadez
deliberada, dado que el edificio se conserva perfectamente, con un aspecto
elegante y suntuoso que habla de ser merecedor de la alta estima en que se
tiene. Y no solo el caserón. Parecen cuidar mucho los detalles; esto se ve en
el camino de gravilla, en las frescas flores que agitan sus vivos colores en
los alfeizares de las ventanas, en las hermosas fuentes escultóricas en
correcto funcionamiento que se distinguen a cada lado del dividido jardín. No es,
ni por asomo, un jardín abandonado. Y esa es la única excusa que podría tener
para ostentar unas rosas de aspecto tan silvestre.
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