domingo, 5 de agosto de 2012

►CAPÍTULO III [Parte I]


Después de pagar el alojamiento me reúno con Aedan en el exterior, justo delante de la posada. Nadie diría que anoche hubiera estado el cielo tormentoso, escupiendo agua como si quisiera originar un océano que cubriera la Tierra por entero. El sol brilla intenso, recordando que la luz siempre termina por ganar terreno finalmente. Pero la vida humana es impredecible, y nunca sabemos cuándo vivimos el punto final de nuestra historia… Bien pude ser en un momento en que predominen las sombras… ¿Y qué pasa entonces? Supongo que un final sujeto a la oscuridad es el motivo por el que Helen sigue aquí. Su cometido en la muerte es arrojar un último rayo de luz sobre su historia. Apaciguar su alma para que se desintegre en partículas de luz que se sumen al amanecer de un nuevo día. Acabar su historia en una sonrisa.

Joseph ha prescindido del carruaje, pero ha echado mano de los caballos y ya está ajustando la cincha de las dos monturas negras.

—Es mejor ir andando —comenta Aedan—. El camino hasta Thornrose está sembrado de árboles y es abrupto.

—En ese caso caminaremos —decido. Miro en dirección a Joseph, que se ha detenido al escucharme, esperando nuevas instrucciones—. Joseph, tú vuelve a casa. Estaré bien con Aedan.

Aedan me mira con una ceja enarcada, como si le sorprendiera mi determinación.

—Miss Nightsin, creo firmemente que lo que propone es una nefasta idea —observa Joseph. Acto seguido carraspea incómodo.

—¿Estás poniendo en entredicho mi buen juicio? —pregunto fingiéndome ofendida.

—No señorita… Simplemente apelo al disgusto que sin duda sentirá su madre de enterarse.

Yo reprimo una sonrisa satisfecha. La seguridad de la apoplejía  que le daría a mi madre de saber que estoy más que dispuesta a pasear por el bosque con un hombre recién conocido y sin vigilancia es uno de los aspectos más apetitosos del plan.

—Sin embargo no tiene medios por los que enterarse, a menos que alguien decida cometer una deslealtad —replico dotando a mis ojos de una mirada desafiante.

Joseph tuerce el gesto, totalmente incómodo. Lo estoy poniendo en un aprieto; prácticamente lo estoy dando a elegir entre mi madre y yo. Es arriesgado, porque solo me queda esperar que me tenga en la estima suficiente como para guardarme el secreto.

—No se trata de ser leal o no; está en juego su seguridad, señorita —señala poniendo resistencia.

—Creo haber juzgado correctamente a Aedan al declararle juicioso. —Me giro hacia el joven de ojos celestes, que sigue con interés nuestra pequeña discusión—. ¿Usted qué opina? —pregunto guardándome de sonreír. Descubrirme en un rol tan desenfadado y divertido me sorprende.

Él esboza una media sonrisa, como si aquello le divirtiera.

—No voy a contribuir a tus buenas impresiones conmigo. Eso sería caer en la arrogancia y me gusta presumir de no ser arrogante.

Aquella ingeniosa y contradictoria respuesta me arranca una breve carcajada. Él también amplía su sonrisa mientras nos miramos a los ojos.

Joseph no participa en nuestras bromas y en cambio continúa con el rostro contraído en un gesto preocupado.

—No solamente me refiero al modo de ser del joven —continúa diciendo con voz afectada—. No olvide que es usted una dama y que como tal no debe estar en compañía de un hombre sin vigilancia.

Aquel argumento, patético en opinión mía, casi me arranca una risotada. 

—Y de ese tipo de vigilancia se encarga una señora cotilla entrada en años denominada carabina —aventuro—. Y tú te alejas totalmente de esa definición. Es más, tu compañía sumaría la presencia de dos hombres, hecho que perjudicaría doblemente mi reputación, en todo caso.

—Pero… —Joseph se resiste, pero sé que ha decidido suscribir mi decisión. Hace una mueca, pero dice las palabras de despedida que he estado buscando—: Espero que Thornrose sea de su agrado.

Yo asiento.

—Lo dudo mucho, Joseph. Pero gracias igualmente. Buen viaje.

Aedan comienza a andar sin esperar otra señal, y yo acompaso mis pasos a su ritmo enérgico mientras cargo mi pesada bolsa de viaje en una mano y en la otra sostengo mi sombrero. Atravesamos en silencio el pequeño pueblo para alcanzar los límites del bosque. La villa es pequeña, es una agrupación sin orden de pequeñas casas, todas alargadas y de paredes que antaño fueron blancas pero que ya han cedido a las insistencias de las tormentas inglesas. Han perdido brillantez y pureza, pero sin embargo han ganado en gracia. De alguna manera el aspecto deslucido que muestran ahora, combinado con el abanico de colores que forman las macetas a rebosar de flores que colocan a lo largo de toda la fachada principal hacen que mirarlas te reporte una sensación acogedora.

No andamos más de cinco minutos cuando reconozco las copas más altas de los árboles sobresalir del tejado rojizo a dos aguas de una solitaria casa. Enseguida la eludimos y nos damos de bruces con las primeras filas de un ejército imponente de árboles, todos ellos de troncos gruesos y firmes, todos ellos sosteniendo entre sus múltiples brazos una bóveda otoñal, formada de vaiveneas hojas que ostentan los colores del atardecer. A los píes de los guerreros yacen los cuerpos de las víctimas, envueltos en sangre escarlata o embutidos en la amarillenta luz de las velas que despiden sus almas.  Aunque muertos, sus cuerpos aún siguen padeciendo, y así nos lo hacen ver cuando crujen bajo nuestros píes al adentrarnos en el nostálgico bosque.

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