viernes, 31 de agosto de 2012

Capítulo IV [Parte IV]


Mi compañera deja de mirar a la directora y vuelve la cabeza hacia mí lentamente, con una tranquilidad que hablan de su seguridad en sí misma. Clava sus ojos en mí, los cuales inmediatamente reemplazan la mirada amable por una hostil. Pero yo no me amedranto con facilidad.

—Las rosas son bellas, pero débiles —dice enarcando ligeramente una de sus rubias cejas—. La arrancan de su seno y no son capaces de encontrar la manera de nutrirse y sobrevivir en otro entorno. —Una de sus comisuras se eleva, rozando la perversidad en una media sonrisa—. Usted es bella, señorita Nightsin. Espero sin embargo que sea fuerte y sepa encontrar la manera de hacer de este colegio su hogar.

<<Aunque no seré yo quien te haga más fácil la tarea; al contrario>> es sin duda el verdadero final de su frase. Todo en su rostro me lo señala.

—Esa es una analogía apropiada, señorita Peterson —comenta la señora Haverford, que ha seguido nuestro pequeño interludio con interés—. Podría decirse que aquí, en Thornrose, se cultivan jóvenes y hermosas rosas. Sin embargo, la fortaleza de cada una de ellas varía mucho. Aquí enseñamos los conocimientos necesarios para lanzaros al mundo; pero no todas encuentran la manera de sentirse cómodas fuera de lo familiar ni hallan la forma de amoldar sus talentos a distintas circunstancias. Eso es porque no son talentos innatos, y una se desconcentra cuando debe aplicar algo fuera del entorno donde aprendió a ejercerlo. Por ello, señorita Nightsin, lo importante no es que consiga aprender los talentos femeninos que aquí enseñamos, sino que los interiorice hasta hacerlos formar parte de sí misma. Como un don natural.

Yo asiento.

El silencio se hace cargo de la situación, y enseguida sobreviene la incomodidad. Todas resistimos la situación plantadas en nuestro sitio, con los ojos fijos en nuestras figuras. Finalmente es la señorita Peterson quien pone fin al desagradable momento.

—Aún cuando estoy muy por delante de las demás en la elaboración del cojín, sin duda será imperdonablemente desconsiderado preocupar a la señora Graham con un retraso más prolongado de lo que cabe esperar por mi parte —comenta excusándose con voz tranquila. Sus ojos me atraviesan—. Señorita Nightasin, no me cabe duda de que tendremos la oportunidad de conocernos mejor, y aunque no lo haya expresado con palabras exactas, déjeme decirle que le doy la más sincera bienvenida.

Yo no contesto a su provocación. No con palabras al menos. Pero sin duda mis ojos se esfuerzan por transmitirle mi mordacidad. Ella lo capta y arquea levemente una ceja, pero no adorna aún más su hipócrita discurso.

—Vaya tranquila, señorita Peterson —la excusa la directora.

La joven retoma su misión, y se distancia de nosotras caminando con gracia en dirección al jardín. Yo permanezco en contra de mis deseos ahí, esperando que me ordenen lo que debo hacer. Me acecha una sensación desconsolada y deprimente.

—Abigail, acompaña a la nueva alumna a la clase de bordado.

Abigail se gira a mirarla, con el ceño fruncido.

—¿Ahora mismo, señora? ¿No sería más acertado concederle a la señorita Nightsin un par de horas para que se reponga del viaje?

La señora Haveford me mira fijamente. Ella está por debajo de mí, en el primer piso, mientras mi posición en el descansillo me hace estar más alta. Sin embargo, su mirada, tan intensa y oscura, me hace sentir inmensamente pequeña.

—No debemos tener compasión de nuestros errores. Y la impuntualidad es uno que hay que enderezar a tiempo, antes de que se adhiera a nuestros hábitos.

Sus palabras me caen como un jarro de agua fría. Lo último que me apetece es enfrentarme a lo que será mi rutina por un tiempo indefinido en este mismo instante. Había dado por supuesto que dispondría de un tiempo, por pequeño que fuese, para reflexionar sobre lo que va a suponer mi estancia aquí ahora que tengo datos con los que hacerme una aproximada idea. Todavía tengo que digerir el brusco cambio y tengo que armarme de fortaleza para resistir todos los envites que sin lugar a dudas mi futuro me tiene preparados. Y toda esa esperanza que he acumulado durante los últimos minutos y que me ha ayudado a sobrellevar la situación con cierto ánimo, se desmorona ahora, dejándome desprotegida de energía y de entusiasmo. Me siento como una hoja de otoño: marchita y sin voluntad, preparada para someterme a las órdenes del viento y dejar que me arrastren en la dirección que fuerzas superiores a mí elijan.

Pero no se me ocurre protestar. Y no tanto por falta de valor, aunque es verdad que la directora tiene un efecto demasiado intenso y negativo en mí. Es en honor a ese mismo efecto, ya que sin duda el que yo pronuncie palabra alargará su presencia allí, y siento la acuciante necesidad de huir de su atención. El suyo es uno de esos tormentos tan insoportables que aún teniendo la certeza de que alejarte de él significa enfrentarte otros padecimientos nuevos y desconocidos, prefieres arriesgarte a exponerte a ellos, esperando que tu entereza sea más capaz de hacerles frente. No sé qué emboscada me tendrá preparada la señorita Peterson y las demás alumnas o las profesoras, pero en este momento todo es más apetecible que permanecer aquí, expuesta a la impía mirada de la directora. 

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